Princesa contratada

REBAR

Soy un iluso. Creía que les había contado todo acerca de las colas que dejó tras de sí la boda real en el marco deslumbrante de Mónaco: pero, el mismo día que se publicó la nota que supuse como la final -lunes 1°- me llegó por la tarde una información que me obliga a insistir con el tema. ¡Atención!

Alberto II de Mónaco y su flamante esposa, iniciaron la luna de miel... ¡durmiendo separados!!!

Señoras y señores. ¡Eso no vale! Rompe las tradiciones, aunque se hayan desechado otras vigentes en siglos, previas a la unión matrimonial. Se sabía que aquello no iba a ser una instancia de primicias absolutas. Todos los monegascos estaban enterados de que la exnadadora Charlene Wittscock no llegaba invicta a la gran zambullida de su vida. Una relación "doblecolchonizada" con el "pelado" Beto prolongada por años, autorizaba a suponer que no habría nada para estrenar.

Como ya les dije, Alberto conoció a Charlene mientras ésta exhibía a la perfección su estilo pecho en una piscina de natación: tenía premiaciones olímpicas, y él se ofreció para controlarle los tiempos. Nadie ignoraba que el príncipe poseía un cronómetro de lujo, con el cual había anotado registros de mucamas y exazafatas que, cautivadas por la seducción de lanzarse a piletas con palio real, cumplieron con su deseo y lo pagaron en nueve cuotas mensuales. El príncipe que encontraron en el fondo, las convirtió en madres sorprendidas.

Cuando Charlene inició sus ensayos privados con el noble cronometrista, sabía de antemano de ambos regímenes de engorde: pero, pensó que podía superar tanto conocimiento, logrando en algún supermercado un certificado de buena conducta para el caballero: le erró; el tipo continuó demostrando su capacidad goleadora, aunque no para beneficiar a su club militante en la Liga Francesa de Fútbol -el Mónaco- que se deslizaba hacia el descenso y finalmente bajó, sino que prefirió volcarla hacia conquistas de otro tenor (y otra soprano).

Así aparecen ahora, dos nuevas víctimas de sus anotaciones cronométricas, acusándolo de ocultamiento de paternidad. Todo esto desembocó en una situación que, por cierto, no se da entre gente modesta. El casamiento se realizó mediante contrato -se desconoce el monto- por el cual Charlene tendrá un plazo de cinco años para utilizar su título de princesa: en ese lapso, deberá darle a Alberto II un hijo varón que pueda sucederlo; y además, en un gesto piadoso de amor y olvido, reconoce a los dos hijos que convirtió su marido, en evidente posición offside. Esto parecería explicar por qué ella pasó sola la noche inaugural de la luna de miel, en un hotel de Durban, acariciando su medalla olímpica, muy usada pero aún con brillo; en tanto Alberto durmió en otro, pues tenía reunión a las 7 de la mañana con el Comité Olímpico Internacional, y quería ir descansado. La dejó plantada, olímpicamente.

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