Ala administración municipal no le gustó que los ediles de la oposición plantearan en la Junta Departamental el problema de la basura. Demostrando que el peor sordo es el que no quiere oír, el oficialismo reaccionó con tono airado ante esas observaciones que refieren a uno de los fracasos de la gestión comunal. Porque el tema de la disposición y recolección de residuos abarca muchas facetas sin resolver, desde el descuido de los vecinos al depositar en la calle la basura domiciliaria, hasta el deterioro precoz de los contenedores, la actividad depredadora de los hurgadores o la escasez de un barrido incapaz de frenar los regueros y acumulaciones de desperdicios.
Cabe recordar que la coalición de gobierno hace 21 años que está a cargo de la Intendencia montevideana, período en el cual tampoco ha sido capaz de remediar otros problemas que prometió resolver y han quedado sin embargo por el camino, como la circulación a cualquier hora de los camiones de reparto de mercadería, el arreglo de miles de veredas destrozadas o el retiro compulsivo del bosque de marquesinas que abruma unas cuantas avenidas de la ciudad. Lo que conviene tener en cuenta al responder a los reparos de la oposición, es que una cosa son las buenas intenciones y los proyectos con que se asume una responsabilidad administrativa, y otra cosa muy distinta es la eficiencia o la capacidad ejecutiva para llevar a cabo esos planes dentro de plazos razonables.
Atascada en la formulación de propósitos, que están en la cabeza de los jerarcas o en el papeleo burocrático sin llegar al terreno de su aplicación efectiva, la gestión municipal se defiende invocando las dificultades de instrumentación de muchas iniciativas. Pero debe saber que al tomar en sus manos la compleja malla de los asuntos públicos, no basta con exponer esas dificultades, porque el desafío que se encara (y el compromiso que se asume) al desempeñar un gobierno departamental, consiste en llevar a cabo las obras y en cumplir con los servicios necesarios, no en exhibirlos o enumerarlos a medida que tropieza su tramitación.
En Montevideo, la conducción del carro municipal es sin duda una tarea difícil, pero a lo largo de más de dos décadas en ese pescante, la coalición mayoritaria sigue teniendo pendiente todo un catálogo de cuentas, como un alumbrado decoroso para una ciudad y unos suburbios que por la noche siguen en penumbra y a veces en la completa tiniebla. Al edil que niegue esa realidad habría que llevarlo a recorrer zonas enteras donde la única luz es la que dejan encendida los particulares en sus casas. También sigue pendiente la reparación de calzadas en mal estado, sobre las cuales transitar se convierte en una aventura cordillerana. Y sigue asimismo pendiente la disciplina a imponer a la marcha de los birrodados, que suelen circular a contramano, mientras el desfile de los hurgadores pone a los inspectores en la situación más embarazosa de su vida, porque los obliga a cerrar los ojos ante las peores infracciones de tránsito.
Pero además la Intendencia no sabe o no quiere resolver el colapso que afecta en horas pico a ciertas calles atestadas de vehículos y con pocos semáforos. Eso no quiere decir que renuncie a sus fuentes de recaudación (unos 550 millones de dólares por año) a través de unos tributos más elevados que la suma de servicios y de obras obtenidas a cambio por el contribuyente. A pesar de todo, a la administración municipal le disgusta que la oposición haga oír sus cuestionamientos en uso de elementales normas de funcionamiento democrático. En memoria de los 21 años de ejercicio del poder en la Intendencia montevideana, ese sector político podría sostener dentro de sus filas algún debate sobre la problemática departamental, para ver si aparece alguien con ingenio y dinamismo capaces de atenuar las endebleces de su gestión y superar las demoras o el estancamiento de sus planes.