Daniel Mazzone
En la recordación de los bicentenarios hispanoamericanos prevalece un talante celebratorio que elude interrogar al pasado y -aun sin proponérselo- cancela a priori, buenas posibilidades de modificar lo interpretado por generaciones anteriores. Estamos habituados a considerar el origen de Hispanoamérica como resultado de una revolución democrática y moderna, pero en esa definición habitan cuatro inconsistencias. En primer lugar fueron múltiples procesos desarticulados. No hubo un cambio radical ni democrático, sino golpes de elites criollas aspirantes al poder que el imperio les negaba. Tampoco fueron procesos modernos.
A los técnicos y compañías extranjeras que construyeron los ferrocarriles, se les cedió hasta la decisión sobre el trazado. Por eso las vías terminan en los puertos y nuestros países presentan -entre otras- las malformaciones de la macrocefalia. Resulta llamativo que 20 o 30 años después de las independencias, se careciera de fuerzas para imponer un trazado férreo soberano, y hasta de una idea estratégica sobre la máquina paradigmática de la revolución industrial. Lo primero que hicieron los fundadores de EE.UU. fue construir un ferrocarril de costa a costa. El siglo XXI nos toma sin ferrocarril e incluso con caballos en las calles, un sistema de tracción preindustrial.
Hacia el final del siglo XIX, cuando nuestras ciudades empezaron a crecer, las aristocracias trajeron sus arquitectos y decoradores de París, quienes de paso diseñaron parques, plazas y edificios públicos. Alguno de ellos hasta propuso el dislate de techar la Plaza Independencia.
Ya en el siglo XX, cuando el progreso de los otros nos atropelló otra vez con la televisión color, o ahora mismo, con la televisión digital, debimos decidir entre Europa, Estados Unidos o Japón. Vivimos hojeando catálogos ajenos. Peor aun: ni siquiera acordamos la utilización de una misma norma, para obtener ventajas colectivas de la negociación conjunta. Nuestras decisiones políticas suelen ser económicamente costosas, tecnológicamente dependientes, socialmente injustas.
La historiografía debería ser un campo de disputas académicas, pero los hispanoamericanos discutimos el pasado -que no termina de pasar- hasta en la feria. Los jóvenes se quejan: la historia no cierra. Tienen razón; no cierra.
Sabemos poco de las Cortes de Cádiz, en la España invadida y acéfala de 1809 por la prisión del rey. De sus 300 diputados, 60 eran representantes de las provincias, convocados a legislar para todo el reino. Caracas, Buenos Aires y Bogotá se negaron a concurrir. Pero si querían romper con el imperio, ¿por qué negarse incluso a conspirar para fundar estados poderosos, cuando el propio imperio pagaba los gastos y los reunía durante años en una misma ciudad?
Las Cortes aprobaron en 1812 la tercera Constitución codificada de la historia, que entre otros avances liberales, declaraba a los habitantes del imperio ciudadanos españoles. En el debate, nuestros representantes se opusieron a otorgar ciudadanía a las "castas pardas". Esa concepción no democrática prevaleció en la fundación de Hispanoamérica y derrotó a San Martín, Bolívar, Artigas, Sucre, O`Higgins, Alamán, Yegros. Contra todo pronóstico de éxito, se fundaron países que arrastrarían déficits institucionales y serían pobres y subdesarrolladas al menos por 200 años.
Por qué la historiografía cohonestó las irresponsabilidades políticas, es una pregunta para historiadores. Pero algunos de ellos -todavía insuficientes para influir decisivamente- sostienen que la historiografía clásica fue cooptada por quienes se beneficiaron de aquella situación original. Se habría avalado lo actuado por la política.
Si bien nuestras actuales democracias se consideran electoralmente aceptables, albergan clientelismos y corporativismos que a menudo doblegan a las instituciones. ¿Cómo no relacionar aquel origen, con el hilo conductor que nos condujo a ser eternos tomadores de tecnologías, productos, mano de obra, precios y hasta de ideas?
"Como el Uruguay no hay", fue un eslogan de los años 50, que tenía su equivalente no menos provinciano, en los países de la región. La exaltación de lo propio nos condujo a discutir sobre empanadas, chivitos o Gardel, como si no existieran mejores argumentos para fijar identidades. Bajo las banderas del amor a la patria se nos ha contrabandeado reiteradamente la complacencia hacia decisiones mal tomadas.
La fragmentación del origen hizo de Hispanoamérica una idea inconclusa. Pero sin unidad cultural -que no significa unanimidades políticas- América latina tampoco existirá y emprendimientos colectivos como el Mercosur serán inoperantes. Seguiremos viviendo entre bloqueos y zancadillas. El respeto por el pasado no implica resignarse ante los agujeros epistemológicos. Los bicentenarios -inclusive el de las Cortes de Cádiz en 2012- son una buena oportunidad para reflexionar sin anteojeras.