El año pasado el periodismo fue sacudido por el fenómeno WikiLeaks. El desparramo de cables que organizó el australiano Julian Assange, enviando a ciertos diarios de prestigio, los cables que el soldado Bradley Manning robaba del tráfico normal de comunicaciones del servicio diplomático norteamericano, provocó una conmoción mundial. Encendió un acalorado debate sobre la difusa frontera entre la libertad de expresión por una parte y la responsabilidad profesional, por la otra. Sobre el desafío constante entre la natural vocación del periodista, su compromiso de informar, de controlar los excesos del poder político o empresario, de denunciar cuando hace falta, de formar opinión si se tiene preocupación por esta otra misión, sin dejar de buscar en forma permanente, un equilibrio de justeza y seriedad.
Se trató de un impacto exógeno, que como tal descolocó en cierta forma a la profesión, dando lugar a encontradas posturas e interpretaciones al momento de lidiar con dicha documentación. Pero el reciente escándalo de repercusión internacional ocurrido en Gran Bretaña, ha surgido en cambio, desde las mismas entrañas de la industria periodística. Y curiosamente, es otro australiano, el octogenario Rupert Murdoch, quien figura en el ojo del huracán.
Si alguna duda hubiese, respecto del valor fundamental de la libertad de prensa para el sostenimiento de la democracia, baste saber que donde ella no existe hay gobiernos totalitarios o dominio del crimen organizado y que los populismos autoritarios se dedican a amordazarla con variedad de métodos. Sin embargo, también existen las ovejas negras. Esas que amparadas bajo el invalorable manto de la libertad, lucran en base al amarillismo, apelando al incontenible morbo y la insaciable curiosidad del ser humano. Esa prensa sensacionalista, que en algunos países se ve más en la televisión, en el Reino Unido se destaca en los tabloides. Tanto así, que el diario que acaba de cerrarse por orden del Sr. Murdoch, News of the World, con 68 años de existencia, era la publicación de mayor tiraje en el país.
La larga historia de las difíciles relaciones entre la clase política británica y la prensa escandalosa podría rastrearse hasta el siglo XIX, cuando el Primer Ministro Henry Palmerston, ante la amenaza de publicar una de sus varias aventuras amorosas, hecha por un periodista, le contestó "Publíquelo y váyase al diablo". Sin embargo, los tiempos cambian y el temor a la opinión publica y al daño que pueden causar estos caza noticias, llevó a que inclusive los jefes de gobierno buscaran el acercamiento con magnates periodísticos como Murdoch, quien dominaba el 40% de la prensa británica y es propietario de muchos medios en EE.UU. y Australia. Fue lo que sucedió con los primeros ministros Tony Blair y Gordon Brown del Partido Laborista y David Cameron del Partido Conservador, quien hasta contrató al editor Coulson, quien trabajaba en NOTW, (hoy en libertad condicional) como asesor de prensa en su campaña, llevándole luego a Downing Street. De donde se alejó en enero pasado al arreciar las investigaciones sobre los hábitos en dicho periódico, para conseguir información de cualquier forma. Como se enteraban de tanta cosa despertaba sospechas y en 2007 hubo una investigación que trajo como resultado la prisión para alguno de sus reporteros, pero un periodista de The Guardian, Nick Davies, continuó por las suyas con las pesquisas y al descubrirse que 4.000 personas habían sido "hackeadas" en sus teléfonos y computadoras, y no solo los ricos y famosos, sino gente común con desgracias en su vida, se desató el actual furor ciudadano y político. Aunque según el abogado de Assange, el cierre de NOTW es una medida cínica y genial, ya que su liquidación permitirá la destrucción de documentación incriminatoria pues la ley inglesa lo admite para que se ahorren gastos de almacenamiento. Pueda ocurrir esto o no, en las presentes circunstancias, otra reacción que preocupa al resto del sector no involucrado en estas prácticas, es el anuncio de nuevas regulaciones para la prensa de parte del propio Cameron.