Un medio disponible

Cada tanto aflora en la izquierda uruguaya su tradicional aversión a los medios de comunicación libres, en particular a la prensa escrita que discrepa con sus puntos de vista arcaicos y anquilosados. No lo puede evitar. Por ello, no tolera que estos sectores sociales, políticos, económicos culturales, etc. emitan opiniones diferentes a las suyas. Les atribuyen mala intención y sumisa subordinación a intereses espurios.

Pero no tiene en cuenta un pequeño detalle: en nuestro país, felizmente, la comunicación oral, escrita y televisiva es completamente libre y el Estado no regula nada más que lo indispensable para que pueda funcionar. Los medios están a cargo de empresas y se guían -no hay otra forma de hacerlo, a menos que tengan subvenciones extrañas- por el espíritu que anima a toda empresa que pretenda sobrevivir: si no obtiene ganancias, cierra.

Para alcanzar ese objetivo elemental, debe vender su producto en el mayor volumen posible, lo cual, a su vez, atrae una publicidad proporcional.

Su mera existencia constituye un favorable "referéndum consultivo" tácito. Uno lee un diario o un semanario, oye una emisora radial o ve un canal de TV porque le gusta su enfoque, le interesa lo que informa o porque lo necesita como fuente de información. Nadie lo obliga a ello. El éxito comercial indica la sintonía que ese medio tiene con el gran público.

Estas consideraciones no son aplicables si estamos inmersos en un régimen que monopoliza los medios de comunicación y los pone a su servicio o en un gobierno que impone rígidas medidas de orientación.

No es lo que ocurre en nuestro país y, sí, es lo que sucede en los totalitarios. Por ello, indignan las declaraciones de dirigentes frenteamplistas en torno a los medios. Así, el senador comunista Lorier los denigró por publicar lo que se vende y no lo que se debería informar. Y puso como ejemplo -luego de una amplia recorrida por el país- el desconocimiento de la gente sobre los hechos generados por el gobierno.

Por su parte, la primera dama y tercera jerarca en la sucesión presidencial, Lucía Topolansky, arremetió contra los grandes medios, entre ellos El País, porque, sistemáticamente, tergiversarían los hechos o los darían en forma descontextualizada. Reclamó, entonces, un medio propio para el Frente Amplio, para poder comunicar sin distorsiones los logros del gobierno.

Honestamente, cuesta aceptar que dirigentes de primera línea de sus respectivos partidos puedan estar tan desapegados de la realidad y emitan juicios tan alejados de la menor evidencia. Porque, mal pueden quejarse dichos conductores, de que la ciudadanía no esté bien informada y que por ello, el FA necesita tener un medio de comunicación partidario, cuando la verdad es que el FA cuenta con el apoyo evidente de siete medios gráficos privados (La República, Brecha, Voces, Caras y Caretas, Participando, El Popular y La Juventud, de cinco emisoras (M24, AM Libre, CX30, CX36, TV Libre) y de medios oficiales en abundancia TV Nacional, Sodre: Radio Uruguay, Clásica, Babel, Emisora del Sur, (donde no se debería confundir el ser un medio estatal, con serlo del gobierno), Página web de la Presidencia de la República y TV Ciudad de la Intendencia de Montevideo.

¿No es suficiente esta cobertura? ¿Quién tiene la culpa de que la gente de su propio partido no esté informada? ¿La oposición, o el hecho de que la gente no lea ni sintonice sus medios porque no despiertan interés o confianza? La solución que se pretende ¿cuál es? ¿Que un rígido órgano monopólico sustituya a los actuales existentes?

Aquí es donde reconocemos el valor del pensamiento del Presidente Mujica cuando en un momento dijo: "Controlar la comunicación la puede convertir en un formidable instrumento de opresión...". Sólo le falta que llegue a la etapa de la eficiencia, es decir, "tener la capacidad de disponer de alguien o de algo que consiga un efecto determinado" (Real Academia).

No hay que olvidar que el Sr. Mujica dispone, por lo pronto, de la Presidencia de la República.

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