El mapa del mundo actual puede trazarse de muchas maneras. Una de ellas consiste en dibujar las fronteras políticas entre los países o los relieves de sus territorios, y otra forma puede limitarse a colorear las regiones según sus riquezas naturales, sus tendencias religiosas o los picos de su demografía. Pero debería haber también un planisferio de la barbarie, para ubicar -quizá con un rayado dramático- las zonas donde se registra ese fenómeno caracterizado por la falta de cultura, el desprecio por la vida del prójimo, la fiereza de conducta, las notas genocidas, la imposición del miedo y el ejercicio generalizado de la crueldad. Un mapa de la barbarie puede ayudar a conocer la realidad y los oscuros contrastes del mundo de hoy, porque así -de paso- se conoce mejor al hombre.
A veces los indicios bárbaros son episodios menores, que incluso escapan al conocimiento de la mayoría. El miércoles 15, por ejemplo, en un bar de la Ciudad Vieja, un joven nigeriano que reside en Montevideo fue golpeado brutalmente y además insultado a causa del color de su piel. Había concurrido al lugar junto a su pareja para festejar su cumpleaños, pero debió ser internado en un sanatorio como consecuencia de los golpes y puede perder la visión del ojo derecho. Ese acto de racismo parece insólito en este país, pero permite comprobar con qué facilidad pueden emerger brotes de barbarie en una sociedad que creyó haberlos dejado atrás.
Cuando un rapiñero adolescente balea a una comerciante de Carrasco para robarle el dinero que llevaba en su auto, otro síntoma de barbarie asalta el paisaje de esta ciudad, demostrando que la sombra de la brutalidad está al acecho y puede destrozar en cualquier momento el cuadro de una convivencia que se creía civilizada. A partir de esos datos, el mapa de la barbarie va ampliándose hacia otras escalas mayores, para que el observador interesado pueda localizarlo debidamente en medio de esa topografía de la agresión, hasta alcanzar ejemplos de una forma primitiva de vida donde los perfiles de ferocidad (incrustados en comunidades que se consideran desarrolladas) rozan algún extremo de salvajismo.
Por eso conviene estar atento a la información sobre las masacres que el narcotráfico comete en México o sobre la represión criminal que los regímenes de Siria, Libia o Yemen llevan adelante para contener alzamientos populares, de manera de estar en condiciones de ubicar esas oleadas de barbarie en un mapa donde los claroscuros de violencia y de muerte no escasean, sin olvidar que los defensores del bosque amazónico siguen siendo asesinados por pistoleros a sueldo de explotadores de la madera, o que los indígenas de ciertas comunidades del Norte argentino sobreviven en una miseria donde abundan los casos de muerte infantil por hambre. También conviene observar el flujo de inmigrantes ilegales que cruzan el Mediterráneo desde África hacia Europa, para saber que esa masa de desesperados a bordo de embarcaciones destartaladas, debe ser igualmente incorporada como víctima a la geografía de la barbarie, una imagen que se agrava al imaginar la perspectiva de xenofobia, segregación y clandestinaje que espera a los viajeros en sus lugares de destino.
La cultura de hoy está asediada por tales contornos lúgubres, que a veces son manchas por donde avanza la bestialidad del hombre en pleno siglo XXI, con rasgos que desmienten su conducta aparente. Por lo tanto, esa cultura está en peligro ante las embestidas de una violencia que empieza en el plano delictivo, se acentúa en las esferas criminales, se expande a través de organizaciones mafiosas, se generaliza bajo algunas políticas asesinas y se exporta a través de la penuria y la dispersión de colectividades a la deriva, que escapan del tercer mundo hacia el espejismo del primero, con promesas a menudo tramposas de una existencia mejor. En el reverso de todo lo que muestra un mundo de prodigioso avance tecnológico, conquistas científicas y esplendores artísticos, el subsuelo de la barbarie sigue latiendo, vivo y amenazante.