Una idea equivocada

Juan Oribe Stemmer

El 21% de los alumnos egresados de la enseñanza primaria ingresan al primer año de liceo con uno o más años de rezago (en Montevideo es el 25%). La directora del Consejo de Enseñanza Secundaria explicó que los problemas de esos jóvenes "están localizados en el área de comprensión lectora y expresión, razonamiento lógico y razonamiento matemático". A su vez, Secundaria debe trabajar con esos egresados y, además, tiene dificultad para atraer a un sector importante de los jóvenes a sus aulas para evitar la repetición y deserción de muchos de sus alumnos. Como remedio se propone "flexibilizar".

Lo que para Primaria es el "pase social", en Secundaria se conoce por "tolerancia" o "flexibilización". En esencia, lo que se plantea es sacrificar los niveles de exigencia de la enseñanza esperando que ello ayude a retener en el centro de estudios a jóvenes que, se piensa, desertarían si se aplicaran estándares más demandantes.

Esa política es resistida por docentes y directores de liceos. Hace un mes, profesores de cuatro liceos distintos consultados por El País señalaron que una estrategia que facilite el pasaje de grado bajando el nivel de exigencia, atenta contra la profesión docente y manifestaron que no aceptaban ser parte de una política de promoción y pasaje artificial (El País, 27 de mayo). La directora del Liceo Bauzá, entonces, no es la única que critica la "flexibilización".

Quienes se oponen a la "tolerancia" o a "flexibilizar" las exigencias en la enseñanza tienen razón. Por varios motivos.

La "flexibilización" es inicua. Disminuir la calidad general de la enseñanza para evitar la deserción de jóvenes perjudicará a los alumnos dispuestos a asumir la responsabilidad y las obligaciones de estudiar (que son la mayoría). Es una estrategia que perjudica al que quiere estudiar sin ayudar a quien, en realidad, necesita más estudios complementarios para ponerse a tono con el nivel general.

La "flexibilización" es injusta porque perjudica a las familias con menos recursos económicos. Estas familias no disponen de los medios para conseguir la educación complementaria que necesitan sus hijos para compensar la mala calidad de la enseñanza pública. En cambio, los hijos de las familias con más recursos (o los de las familias que puedan hacer el sacrificio que ello implica), podrán asegurarles a sus hijos la mejor educación a la que tienen derecho. Los que no dispongan de esa posibilidad, aunque sus muchachos sean unos genios en potencia y tengan la mejor voluntad de estudiar, no podrán hacerlo.

Finalmente, la "flexibilización" conduce a un resultado diametralmente opuesto al que pretenden sus defensores. Lo demuestran los datos sobre la alta proporción de jóvenes que no asisten a la Enseñanza Secundaria (especialmente entre los pertenecientes a los hogares más humildes), y las tasas de repetición y de deserción de los jóvenes que ingresan a ella.

La "flexibilización" es un fracaso. Supone pagar un precio muy alto (bajar la calidad de la enseñanza) a cambio de nada. O, peor aún, es una estrategia que contribuirá a afirmar la idea de que estudiar no es importante e impulsará el abandono estudiantil.

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