por Martín Aguirre
Lacalle pateó el tablero. Cuando los blancos se preparaban para otra interna marcada por la polarización entre Herrerismo y Alianza Nacional, la renuncia del expresidente a ser candidato, una reacción casi natural ante el fracaso de las últimas elecciones, abre el juego para fuertes movimientos en el partido. Es que la figura de Lacalle ha sido el gran eje en torno al cual han girado los posicionamientos en la interna nacionalista en los últimos años. Especialmente a partir de la última reforma constitucional, que impidió que candidaturas múltiples acumularan dentro de un mismo lema.
Es así que más allá de cuestiones ideológicas o programáticas la interna blanca de los últimos 15 o 20 años ha estado marcada por la posición de quienes están a favor de Laca-lle o en contra de Lacalle. Una polarización que ha hecho difícil el surgimiento de nuevas corrientes o liderazgos, ya que ha generado dos grandes bloques, el Herrerismo y Alianza Nacional. Bloques que esconden una variedad de posiciones que, cuando se escucha a dirigentes de ambos sectores por separado, es mucho más diversa de lo que aparenta.
Por ejemplo, el Herrerismo estos últimos tiempos se ha mostrado como un bloque macizo en cuanto a su política de enfrentamiento al gobierno y en su defensa firme de ciertos valores "tradicionales" en lo social, y ortodoxos en lo económico. Sin embargo ha llamado la atención que a medida que algunos de sus dirigentes han visto espacio para una mayor autonomía en el discurso, han expresado posiciones bastante distintas al "canon" sectorial.
Dirigentes como el senador Luis Alberto Heber o el diputado José Carlos Cardoso han señalado que el partido debería tener una mayor apertura en temas como el matrimonio gay o el aborto. El diputado Lacalle Pou, a quienes muchos ven como posible figura de renovación en el sector, ha defendido la legalización del cultivo de marihuana. Cardoso ha llegado incluso a proponer la nacionalización de recursos mineros. Todos postulados que parecen bien lejos de la imagen tradicional, y si se quiere "conservadora" que ha impuesto Lacalle a su carrera política.
En el otro extremo sucede algo similar. Lo que aparenta ser un liderazgo muy sólido de Jorge Larrañaga, del abanico que podría llamarse "wilsonista", también esconde una interna más compleja. Su acercamiento al gobierno y su búsqueda de un perfil más dialoguista, en el entendido de que es allí donde se encuentran los votos necesarios para ganar las elecciones, no es aceptada por unanimidad por su entorno. Así han aparecido proyectos de renovación interna, como el impulsado por el Director de la Corporación Nacional para el Desarrollo, Rodrigo Goñi, que evidencian algunos movimientos en la interna sectorial.
A esto se ha sumado un sector de intendentes del interior, que apoyados por su buen desempeño electoral en las municipales, han conformado un grupo que si bien mantiene por ahora su apoyo a Larrañaga, ha expresado su intención de contar con lista propia al Senado.
Como si este panorama no fuera suficientemente complejo, en los últimos meses se ha manejado públicamente el inminente regreso al Partido Nacional del senador Jorge Saravia, que recibiera una buena dosis de exposición pública a raíz de su postura en relación con la ley de Caducidad. Saravia, que tiene cierto peso electoral en sectores del interior, ha señalado que le gustaría formar un polo "de izquierda" en el partido, con el objetivo de que sea puerta de entrada para votantes blancos que en las últimas elecciones se acercaron al Frente Amplio.
Ante todo esto surge la pregunta natural de qué pasará frente a la desaparición de una de las fuerzas centrífugas que generaba esta polarización entre dos corrientes. Por un lado el senador Larrañaga, que siempre ha defendido que sus posturas "de centro" son las más apropiadas para renovar al partido y atraer a votantes independientes (y que ese proceso se veía frenado por la presencia de Lacalle), podrá ahora demostrar en los hechos tales postulados. Y en el Herrerismo, habrá que ver si el senador Heber consigue "llenar" el espacio del expresidente y consolidar un sector adonde ya despuntan varios dirigentes con aspiraciones.
En cualquier caso el panorama que enfrenta el Partido Nacional para los próximos años es sumamente complicado. Por un lado está la casi segura postulación del expresidente Vázquez, una figura con innegable peso electoral, especialmente en Montevideo, justo donde más le ha costado ganar espacio a los dirigentes blancos. Por otro, el crecimiento de Pedro Bordaberry, que con un manejo muy cuidado de la imagen y una interna sin desafiantes de peligro, apunta a desbancar a los blancos como la alternativa posible a una nueva administración frenteamplista.
En ese sentido, la salida de Lacalle supone un sacudón que implica muchos riesgos, ya que el expresidente era una figura de indudable peso electoral. Pero también representa una oportunidad para iniciar un proceso de renovación que puede ser clave para que el Partido Nacional vuelva a ser una opción de gobierno.
La frase I.
"Yo ya no entiendo a esta sociedad y esta sociedad no me entiende a mí". (Expresidente Luis Alberto Lacalle).
La frase II.
"La marca Partido Nacional está dañada y con muy baja aceptación, fundamentalmente en Montevideo". (Declaración de un grupo de diputados blancos jóvenes del interior)