La envidia es un defecto de la condición humana, pero en nuestro Uruguay el éxito en cualquier actividad es peligroso y ganar dinero está mal visto. Para no irnos por las ramas, vamos a poner el ejemplo de una clase de productor agropecuario, no el pequeño, el chacarero o el floricultor, sino el propietario de una extensión de campo más o menos importante en su tamaño, con un casco que sirva de vivienda. Si el casco tiene elementos de confort -como la luz eléctrica, que aunque parezca mentira no llega a todas las zonas rurales- o si permite alojar una familia o hasta algunos amigos para disfrutar un fin de semana o pasar unas vacaciones, entonces empieza a perfilarse la figura del estanciero, como sinónimo de opulencia. A nadie le interesa saber para adelantar su juicio al respecto, ni la productividad del campo, ni si la explotación da ganancia o pérdidas. La riqueza se da por supuesta con sólo mirar desde afuera.
Y bien, ha querido la fortuna -porque las circunstancias se dieron así, no porque el país haya hecho esfuerzo o sacrificio alguno para conseguir ese resultado- que desde el segundo semestre del año 2002, recién salidos de la crisis bancaria, el mercado haya mirado con especial y benevolente atención a los productos agropecuarios. El mundo cambió y la presencia de nuevos y poderosos actores con economías cada vez más sólidas aumentaron con fuerza sostenida la demanda de los frutos de nuestras tierras que satisfacen necesidades de cientos de millones de personas. Así la carne, el trigo, la soja, los granos -el "commodity" o mercadería genérica- tomó alto vuelo en su cotización internacional. Como consecuencia, fue desde el agro, como siempre ha sucedido en el país, que vino el impulso para un crecimiento económico que por volumen y duración sostenida no tiene precedentes.
Sólo por la comodidad de no profundizar en cada caso, se instaló en la sociedad la convicción simplona de que los "estancieros" se enriquecieron como nadie. La gente no distingue y la conclusión que se impone como consecuencia de ello, es que desde el punto de vista tributario son los que deben ser más castigados, porque en definitiva, son los que se han beneficiado al ser tocados por la varita mágica que hace llover sobre sus cabezas torrentes de dinero. Que aporten entonces para la infraestructura.
Que la gente piense así está, dentro de todo, en la naturaleza de las cosas. Ahora, que quien lo piense sea el Presidente de la República es más grave. Quien acusa a quienes lo consideran un ignorante -que conste que no compartimos el calificativo- de no haberse subido nunca a un tractor, debería saber que para ser sujeto pasivo de un gravamen y definir el monto de la prestación, el criterio decisivo debe ser siempre el de la capacidad contributiva. Es inexplicable -y causa estupor la falta de asesoramiento con que se maneja- que el Presidente presente un proyecto en donde lo único que cuenta para establecer tasas progresivas a determinadas franjas, es la extensión de la tierra que se tiene.
El Presidente no pasó a la historia, por cierto, por su gestión al frente del MGAP. Pero debería saber -como se lo tuvo que decir a la misma hora en que por otra radio anunciaba su plan, su vicepresidente Astori, prometido conductor de la política económica, ahora una vez más desautorizado- que la rentabilidad de las explotaciones rurales no depende ni de la extensión de la tierra, ni del aumento de su valor, que en todo caso, además, no es la mismo en todo el país. La diferencia es sustancial, aunque el castigado Astori la considere ahora como de "matices".
Este sarpullido demagógico del imaginario presidencial se proyectó a la opinión pública y entonces aparecieron encuestas con un 60 % de uruguayos incluido un 80% de frenteamplistas apoyando al plan de Mujica.
En el país de la "gran guadaña", la cabeza a servirle en bandeja al pueblo en esta oportunidad, es la del "estanciero".
Qué pasará, no importa tanto como lo que ya pasó.