Borges: 25 años

Ruben Loza Aguerrebere

Se cumplen hoy 25 años de la muerte de Borges. Así como nos sorprendiera, cuando ocurrió pues creíamos que, como los dioses griegos, era inmortal, vemos ahora que el paso del tiempo acrecienta aún más su personalidad.

Borges amaneció en 1899 y se fue en 1986. Su obra vasta y rica fue una exploración de sí mismo, y alcanzó el milagro de cristalizar en palabras la realidad sin que ésta se viera menguada. Todo lo acrecentó con la tinta de una antigua verdad de su saber enciclopédico, o con una dicha olvidada.

En sus libros hay no solamente hospitalidad; en ellos todo parece confabulado para demostrar que los sueños pueden convertirse en realidad. Eso se debe a que era un esclavo de las palabras y de las imágenes que las palabras agregan al mundo. Porque tantos años después de su adiós a todos, allá en Ginebra, donde su fue a morir, su voz sigue hablando a través de sus libros. El Evangelio no da nada por perdido si la semilla no muere. Y tenemos a la mano reediciones muy recientes de sus más variados títulos, como los clásicos "Historia universal de la infamia", "El Aleph" y "Ficciones" (RHM).

El escritor tiene como misión, decía André Maurois, escribir libros y el lector debe habitarlos. Borges fue fiel a su vocación, una vocación continuada y permanente. Al visitar sus páginas, nosotros completamos su obra, enriqueciéndonos.

Detrás de su personalidad singular se escondía un hombre tímido y generoso. Entre tantos recuerdos personales del maestro, que procuran dar otra imagen de su personalidad, puedo evocar el lejano día (su 80 cumpleaños) cuando me pidió que leyera, junto a él, su poema titulado "Heráclito", mientras Judith Bumpus nos filmaba para un programa en la BBC de Londres. O los paseos en Montevideo por la calle Melián Lafinur, y en Buenos Aires, las caminatas hasta la tertulia en la librería "La Ciudad", al mediodía, donde él era la figura central. O aquel comentario, sobre el propietario de esta librería, del cual me dijo quejándose, que hablaba con su mucama no sabía de qué en el único idioma que él no conocía: el guaraní. Bien, ya he hablado de mí en estas evocaciones; el sentido de ellos está en Nerval: "Quand je parle de moi, je parle de vous".

Porque no se me escapa, naturalmente, que lo esencial, es agradecer a Borges que nos permitiera, a todos, acercarnos a sus sueños literarios.

Revisitar sus poemas, ensayos y cuentos, en esos instantes en que el hombre se acoraza en su soledad, tranquiliza; y nos pone de nuevo en la senda de la esperanza. El Uruguay le debe hermosos poemas y cuentos aquí ambientados.

Con su muerte todos perdimos algo infinito, porque, como decía Jean Francois Revel: "Era un hombre universal. Uno de los grandes genios". Pero aquel adiós sin aspavientos, que lo integra al horizonte y lo borra en una polvareda unánime, nos lo acerca con lo mejor de sí mismo; su obra.

Desde que no está entre nosotros, su sombra nos sigue hablando; y lo seguirá haciendo mientras haya un lector iluminado por sus palabras como luces.

Más que un escritor, era un océano.

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