Mala decisión

Hernán Sorhuet Gelós

Amedida que la vida moderna parece simplificar y uniformizar las metas individuales y grupales -por encima de creencias, hábitos culturales y estilos de vida- el precio que se paga parece ser la pérdida paulatina del sentido común.

De a poco el consumo se va transformando en el princi- pal elemento de satisfacción personal, lo que hace perder de vista la realidad impuesta por las propias limitaciones físicas y biológicas de nuestro mundo.

Lo más grave de esta situación no es la miopía que provoca, sino la perturbación ocasionada sobre nuestra escala de valores, a la hora de establecer cuáles son las grandes prioridades.

Pensemos en algunas de las trascendentales decisiones que se están por tomar en materia de grandes proyectos a realizarse en el país; por ejemplo, el de la minera Aratirí.

Se insiste en destacar los millones de dólares de inversión que implica el proyecto, pero lo cierto es que no existe antecedente de un emprendimiento privado que involucre, al mismo tiempo, la extracción y destrucción de recursos naturales de seis departamentos del país.

Lo más preocupante del proyecto es que intenta convencer de que vale la pena autorizar una gran extracción de hierro del subsuelo uruguayo (recurso no renovable), que destruirá para siempre cien-tos y cientos de hectáreas de tierras fértiles. Hablamos de campos que, de conservar- se, seguirán produciendo indefinidamente alimentos y otros productos agropecuarios, como lo han hecho hasta ahora.

Luego de varios años de explotación, cuando se agote el hierro, la empresa se irá y le dejará a la sociedad un pasivo ambiental de magnitud considerable; algo que las autoridades deben tomar muy en cuenta antes de tomar la decisión final.

¿Vale la pena autorizar una actividad minera extractiva a término, en lugar de asegurar la conservación y uso sustentable de uno de los dos bienes más preciados del planeta (la tierra y el agua)?

Si las prioridades de una sociedad están bien enfocadas, está claro que jamás subordinará el aprovechamiento de un recurso no renovable a la destrucción de otro más valioso y renovable, en particular -como en este caso- cuando la magnitud del emprendimiento signifique grandes superficies de suelo destruido.

Estos comentarios, que nos parecen suficientes para inclinar el fiel de la balanza a favor de la protección del recurso suelo, ni siquiera han toma- do en cuenta los impactos que el proyecto de la minera Aratirí provocarán sobre los recursos hídricos de la región.

O aquellos no menores derivados de la construcción del mineroducto -que cruzará una parte significativa del territorio nacional- y del puer-to de aguas profundas en la maravillosa costa rochense -internacionalmente reconocida por su inestimable valor natural.

Estamos hablando del riesgo que significa permitir un cambio dramático en el uso de la tierra, con algunos beneficios económicos que pron- to se acabarán, y muchos perjuicios y costes para la sociedad, que padecerá de manera permanente.

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