Vayan recordando esta palabrita mientras leen la columna de hoy: siestario. Nunca la había escuchado: y ustedes tampoco, ¿verdad? Obviamente, es pariente cercana de siesta; y, antes de explicarles cuándo y dónde se aplica, voy a relatarles un episodio relacionado con la siesta.
A comienzos de los `80, en Madrid, terminaba yo de saborear un "pincho" de tortilla por todo almuerzo, y me dispuse a recorrer la "pasiva" comercial de la Plaza Mayor. Cada vidriera era un imán. Serían poco más de las 2 de la tarde cuando me enfrenté a una, desbordante de gorras y boinas. De entrada, me flechó una gorra de color gris, con infinitos cuadritos negros: parodiando a la frase amorosa, fue algo así como "una gorra a primera vista". Decidido a comprarla, enfilé hacia la entrada del comercio: me frenó un cartelito que decía: Cerrado por siesta. Regreso a las 4.
Quedaba tanto por recorrer y contemplar, que habría tiempo ocupado hasta la hora de "la reapertura del negocio". Antes de las 4 y media, volví: y, abiertas ya las puertas, vi detrás de un mostradorcito a un hombre bajo y regordete (semejante a un cómico de zarzuela ) quien me recibía al entrar con un "Bienvenido a esta casa sea su Ilustrísima". Respondí con un "Gracias por el recibimiento". Siguió él: "¿En qué puedo servirlo?"... Le contesté: "Quisiera ver cómo me cae esa gorra", al tiempo que se la señalaba. Creo que fue todo lo que me permitió decir, porque continuó: "Pues, vaya buen ojo que tiene el caballero"... Me metió la gorra hasta las orejas, mientras se entusiasmaba con la postura: "Dijo usted que quería ver cómo le caería la gorra: mire cómo le sienta"... Sonreí...
"Queda usted que parece Roberrefor" en el "Gasby" ese "... Me contó la historia de la gorra, y agregó la de la siesta... para justificar el cierre de dos horas al empezar la tarde: "¿Sabe usted?... En España, la siesta es una virtud nacional. Nadie Podría vivir aquí, sin echarse un reposo de un par de horitas".
Salí con mi gorra puesta, con la sensación de que el tío me había encapuchado.
Bueno, pues: en Buenos Aires está por cumplir un año el primer Siestario de América Latina: allí es posible cortar la jornada laboral, con una siestita reparadora: las tarifas van de 49 a 60 pesos, para una escala de sueñitos que pueden oscilar entre 20 y 45 minutos; agregando 30 pesitos, se tiene derecho a un masaje optativo: de cabeza, para los ejecutivos que las piensan todas: para los futbolistas, el de pies; y el de manos para los corruptos, que desean tenerlas siempre ágiles para meterlas en la lata.