GUILLERMO ZAPIOLA
Es un libro elegantemente escrito, pensado, "sentido", y rico en sugerencias. Ediciones Encuentro y Planeta han lanzado en forma conjunta "Jesús de Nazaret: Desde la entrada en Jerusalén a la resurrección" del papa Benedicto XVI.
La afirmación del párrafo precedente merece acaso una precisión. Desde la tapa, su autor utiliza los dos nombres por los que se le conoce: el autor es "Joseph Ratzinger/Benedicto XVI". Y, si se quiere ser aún más preciso, no es estrictamente un libro escrito por el Papa.
Ya lo había señalado el autor en el primer tomo (Jesús de Nazaret: Desde el Bautismo a la Transfiguración) que esta segunda entrega completa: no se trata de un texto oficial de la Iglesia, de una publicación del pontífice romano, sino de la expresión de un punto de vista personal: el del teólogo Ratzinger/Benedicto. Utiliza la primera persona (no el habitual "nosotros" de los documentos vaticanos) y no apela a la autoridad sino que invita al debate. Desde el principio advierte que se puede discrepar con él.
Hay gente que lo ha hecho, y con particular virulencia. Desde la izquierda paraeclesiástica (teología feminista, "cristianos gays", algún teólogo de la liberación que todavía queda) se lo ha acusado de fomentar una vez más el patriarcado y el pensamiento único, un dato que puede ser desmentido con una mera lectura superficial del texto. Desde la más retrógrada derecha (sedevacantistas, "tradicionalistas radicales" y afines) se lo está tachando, en cambio, de "peligrosamente liberal y herético", con particular enojo por su ecumenismo y su actitud de diálogo cordial con el judaísmo (que algunos idiotas se empeñan en seguir calificando como la Sinagoga de Satán). Es gracioso que ello ocurra con alguien a quien hace apenas cinco años se describía como "el Papa nazi".
Por cierto, esos brulotes son minoritarios. Una lectura serena del texto permite sacar otras conclusiones. La aproximación de Ratzinger/Benedicto a la figura de Jesús es la de un católico de "vía media", que no pretende contar "la vida" de su personaje (el propio libro recomienda como lo mejor que se ha escrito al respecto en la materia en años cercanos el ya clásico A marginal jew de John P. Meier) sino meditar sobre el significado de su encarnación, su muerte y resurrección.
Es obvio que, para quien no sea cristiano, una parte del material va a resultar inaceptable (Borges decía que la teología era un departamento de la literatura fantástica), pero incluso ese lector puede enterarse de algo animándose con el texto.
Ratzinger reafirma algunos principios ya defendidos en el tomo anterior con respecto al tradicional conflicto, planteado sobre todo por la llamada Alta Crítica a partir del siglo XVIII, acerca de la variable distancia que separa al Jesús histórico del Cristo de la Fe. Si la brecha es demasiado ancha, el cristianismo se precipita en ella: es una fe que se apoya en una serie de hechos básicos que afirma como históricos, y si no lo son más vale que el Papa y los obispos se busquen otro empleo.
Por cierto que Ratzinger/Benedicto no tiene intención de hacerlo, y despliega una amplia argumentación para defender su posición. Sostiene la historicidad básica de los Evangelios sin ignorar los aportes de la escuela histórico-crítica (aunque objeta sus insuficiencias), conoce los avatares redaccionales de los textos bíblicos con sus variantes atribuibles a las diversas intenciones teológicas de los respectivos autores, y exhibe una enorme erudición y una atención de lector esmerado para relacionar textos, interpretar sutilezas, descubrir de pronto conexiones infrecuente y ángulos inesperados para un material sobre el que uno podía pensar que ya estaba todo dicho. Los expertos seguramente le discutirán esto o aquello, pero esa es la idea.
Una de sus virtudes es que su erudición nunca resulta abrumadora. Puede saltar de una cita de San Pablo a una mención a Karl Marx, o al aprovechamiento de algunas ideas del protestante liberal Rudolf Bultman o el polémico exégeta católico norteamericano Ray- mond Brown (otro nombre que irrita a los conservadores), o el científico evangélico Francis Collins (el director del equipo que descifró el genoma humano), y siempre demuestra que sabe de qué está hablando.
Ese cúmulo de referencias recorren un discurso fluido, muy legible, que exige un esfuerzo pero no aleja al lector y respeta su inteligencia. Si no fuera porque su rigor es tan germánico podría hasta decirse incluso no parece alemán: siempre se encuentra el verbo en medio de una frase o un párrafo a la primera lectura.