Leonardo Guzmán
Entre noticias amargas y confusiones macro, hace tres días se abrió paso el video de apenas minuto y medio que, en un aula de Monterrey, con su teléfono celular grabó una maestra de nombre Martha Rivera Alanís.
Hoy la escena da vuelta al mundo: los niños echados en el suelo a pedido de la profesora, que buscó protegerlos de las balas que corrían en la calle por causa de un tiroteo entre dos de las bandas de sicarios o narcos que azotan diversas regiones de México; y la maestra alzando palabras de serenidad entre el tableteo de las armas: "No pasa nada, corazón. Nada más pongan sus caritas en el piso. Aquí no va a pasar nada..."; y enseguida propone: "¿Vamos a cantar una canción?".
Martha Rivera Alanís da la tonada: "Si las gotas de lluvia fueran de chocolate me encantaría estar ahí... ¿Quién quiere chocolate?". Y el coro de los niños se abre paso entre el infame repicar de las metralletas.
Apenas conocido el hecho, el gobernador de Nuevo León, Rodrigo Medina, le entregó a la maestra un diploma por su "destacado valor cívico al aplicar los protocolos de seguridad en una situación de riesgo". En lo institucional, de acuerdo. El valor cívico se mide desde las normas de servicio; y los protocolos de seguridad son secuencias de respuestas preordenadas frente a los ataques sorpresivos, que si hoy las tienen demasiadas ciudades de México y del mundo es porque el odio y la bestialidad se han potenciado merced a la tecnología.
Pero si el gesto nos estremece es porque sentimos que nace antes de lo cívico y lo funcional que proponen los manuales. Brota de la capacidad de amor y entrega, cuya resurrección ensancha las paredes del aula donde se proyectó la actitud ejemplar, hasta constituirla en parábola de la música como respuesta al mal y parábola del arte -aun balbuceante- como expresión de libertad del espíritu, capaz de alzarse ante cualquier situación.
Uno siente que, más que la maestra adiestrada para enseñar con un método predeterminado, en este gesto se afirmó la profesión universal de mujer que extiende sentimientos maternales a los niños que no alumbró pero están a su cuidado y se expresó la profesión universal humana, que afirma que hay deberes que son incondicionados. Podrá reformularse un millón de veces el fundamento último de tales deberes, pero para vivir como gente hay que contar con su cumplimiento a cada instante.
Son muchos los rincones del planeta -Israel, Palestina, Medio Oriente, África del norte- donde el heroísmo personal debe enfrentarse con el derramamiento de sangre que es noticia en el mundo entero. Y son muchos más los rincones, Uruguay incluido, donde los hechos llaman a responder con música propia a los ruidos sin ritmo, sin melodía, sin lógica y sin gollete, que ametrallan el ambiente. Pero cuando la realidad externa atropella y amenaza, queda un refugio último, la conciencia, y una respuesta final: el amor a secas. Eso nos lo enseñaron muchos maestros muertos cuyo espectro fecundo nos regresa, recortados como esperanza en una "señorita" Martha Rivera que es de mucho más que de Monterrey.