Limpien, por favor

Antonio Mercader

Cuando hace casi un año asumió su cargo como intendenta de Montevideo, Ana Olivera prometió limpiar la ciudad en pocos meses mediante un "plan impacto". Algo parecido prometió Tabaré Vázquez en 1990 cuando anticipó que eliminaría los basurales en 90 días. Ninguno de los dos cumplió como tampoco lo hicieron los otros intendentes, Mariano Arana y Ricardo Ehrlich. Hoy, a 21 años del momento en que el Frente Amplio llegó a la intendencia, Montevideo es la ciudad más sucia de Uruguay y quizás la capital más desaseada de América Latina.

Es cierto que Ana Olivera enfrentó una algarada de Adeom nada menos que en tiempo de fiestas navideñas y que hubo que decretar la esencialidad del servicio y recurrir al Ejército para limpiar calles y plazas. También es cierto que, como denunció ella misma, Ehrlich, su correligionario y antecesor, invirtió "muy poco" en la materia. Pero aun así, cuesta creer que sea tan difícil adecentar esta ciudad de un millón y algo de habitantes cuando urbes diez veces más grandes lucen inmaculadas.

Ahora, consciente de que este asunto es el talón de Aquiles de su gestión, la intendenta declara que "si la ciudad no está limpia nada es importante". En otras palabras, que ante todo hay que limpiar y que lo demás es secundario, un aserto que despatarra aquellos dichos de Vázquez de que antes que tapar un pozo o barrer las calles prefería "darle de comer a un niño". Dos décadas de aprendizaje necesitó la izquierda para entender que la intendencia debe cumplir ante todo con sus funciones esenciales por las cuales los montevideanos pagan sus tributos.

Para asear la ciudad se necesitan equipos apropiados y suficientes que, créase o no, la intendencia no posee. Por esa razón, Olivera y su gente hoy están sumergidos en el proceso de licitación y compra de camiones, barredoras mecánicas y contenedores. Un proceso lento como todo lo atinente a la administración municipal. Con suerte, el año próximo a estas alturas podrían comenzar a verse los resultados del plan de limpieza.

Empero, la comuna podría tomar alguna medida innovadora para aliviar desde ya las penas de los habitantes de la otrora "bella tacita del Plata".

A modo de ejemplo, una medida sensata fue propuesta por vecinos y avalada por uno de los alcaldes montevideanos sin que la intendencia se diera por enterada. Se trata de la suciedad que los hurgadores esparcen en torno a los contenedores y que cada mañana yace sobre el asfalto. Los particulares que soportan el infortunio de residir junto a esos receptáculos suelen encargarse de levantar los desperdicios e higienizar el área. Lo hacen por razones de elemental dignidad y decoro, pero nadie los obliga a ello.

Dice Olivera con razón que sin la cooperación de los vecinos será difícil limpiar la ciudad. Pues bien, esas personas que padecen la cercanía de los contenedores (olores, ruidos, gente merodeando a toda hora, etc.) y que combaten la mugre, son colaboradores naturales del municipio. ¿Es tan difícil crear un sistema para compensarlos de algún modo, pongamos por caso mediante una reducción de los tributos municipales?

Al menos, medítenlo.

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