Cruce de artesanos en centro cultural

Mirta Olivera y Horacio Veneziano exponen sus obras

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J.A.

Un gran reciclaje ha convertido el caserón de Rincón y Ciudadela (que fue levantado en 1890 por el arquitecto Juan Tosi para residencia de la familia Correa), en el Centro Cultural Simón Bolívar, dependiente de la Embajada de Venezuela. Por lo pronto, la planta baja alberga dos salas de exposiciones cuyas paredes y techos han sido descarnados hasta mostrar la entraña del edificio, con una desnudez muy adecuada para la función que ahora cumplen. En esos espacios, a los que se accede por Rincón 745 y 749, se exhiben actualmente dos ejemplos de artes aplicadas que de paso tienen el mérito que acompaña al intercambio, ya que por un lado se trata de un plástico venezolano y por el otro de una artista uruguaya.

Bajo el título Barcos y peces, las obras de Horacio Veneziano tienen el encanto artesanal de la mezcla de materiales con que están armadas. Con el aporte sustancial de la madera, las siluetas náuticas son ensamblajes de varillas, alambres, viejos leños, botones, perillas y fragmentos metálicos, que se combinan con frecuente sentido del humor para trazar la silueta de una embarcación o el perfil de un pez, aprovechando la calidez natural de los colores de cada componente y el juego de sus espesores y texturas. En los mejores ejemplos de esa laboriosidad, Veneziano logra algunos aciertos de síntesis expresiva, como en el bote de papel que navega sobre la antigua moldura de un mueble. En otros casos, su acumulación de elementos desborda el espíritu burlón de la pieza, que pudo tener mayor puntería con más control de materiales y un carácter menos acumulativo.

Separada de esa sala de la esquina por lo que fue el zaguán monumental de la casa, el otro espacio de exposiciones presenta obras de Mirta Olivera. La artista trabaja esas pequeñas esculturas con restos marinos, conchillas, espinazos, trozos de osamentas y hojas de palma, con lo que elabora figuras populares vinculadas al carnaval. En ocasiones, el sesgo folclórico que persigue trivializa un poco la índole de su tarea, aproximándola a ciertas manualidades de tinte caricaturesco y modestia decorativa, para consumo mayormente turístico. Pero una observación más detenida permite descubrir la notable aptitud de Olivera para dotar a sus figuras de un dinamismo que logra con la articulación de esos objetos de desecho, atrapando un gesto o un movimiento de singular expresividad, tan vitales como el modelo callejero que busca reproducir.

El ingenio de la autora se revela en la gracia -a veces diminuta- con que ubica un caracol o una valva para convertirlos en el tambor o el abanico que acompañan al personaje, aunque su logro mayor consiste en el grado de animación que otorga a las piezas con el estratégico ademán de un cuerpo o el ondular de un banderín, mostrando su familiaridad con el servicio que puede prestar cada elemento y la destreza con que maneja sus combinaciones. Ello acredita su virtuosismo artesanal, que en la composición minuciosa del rostro de una de las figuras permite recordar las cabezas vegetales de Arcimboldo.

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