La vida privada nunca será privada

MATÍAS CASTRO

El caso de la muerte sorpresiva del hijo de Juana Viale esta semana sacó a la luz un tema que corre por detrás y que esporádicamente resurge: la imposibilidad de mantener la vida privada de alguien público en condiciones privadas. Todo lo que está ocurriendo alrededor del caso apunta a esto.

Cuando el jueves Mirtha Legrand dejó el Sanatorio de la Trinidad, tras haber visitado a Viale, los periodistas y fotógrafos que estaban apostados en el lugar se enfrentaron a los guardias de seguridad. Según algunos medios de prensa, evidentemente solidarizados con sus colegas, el personal de seguridad agredió "salvajemente" y "ferozmente" a los periodistas.

El lío se originó en el momento en que Legrand salía. Los fotógrafos y periodistas intentaron conseguir imágenes y alguna declaración de ella en el momento más lógico posible, es decir, uno triste. En general estas situaciones suelen ser tan caóticas como irracionales, con los periodistas avalanzándose y arrojando los micrófonos sobre la persona en una competencia donde pierde el que tiene un poco de sensibilidad o sentido común. Quienes trabajan en esas circunstancias podrán protestar y quejarse por ser estigmatizados, pero la situación se resume, invariablemente, en este esquema: una gran cantidad de periodistas se arrojan sobre una persona que vive un drama terrible, apuntándole con los micrófonos y gritándole preguntas todos al mismo tiempo. Digamos que no es algo muy simpático para el entrevistado ni para quienes lo cuidan.

Lo que sucedió con Mirtha Legrand no duró más que algunos segundos o minutos. Pero es representativo de que para alguien famoso como Viale, que llegó a decir "Desde los 4 años tengo registro de ver una máquina sacándome fotos", conseguir algo de respeto hacia su intimidad es imposible. Y menos cuando se destapa un affaire como el que se le descubrió hace algunas semanas. Desde ese momento los medios han estado como pirañas ante un trozo de carne cruda.

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