RUBEN LOZA AGUERREBERE
Se describe como "un hombre desplazado", pero es el más francés de los intelectuales de hoy, por la herencia que asume. Pero, al no ser francés, es en el fondo el más europeo de los intelectuales modernos.
Hablo de Tzvetan Todorov. Nacido en los Balcanes en 1939, educado en la Bulgaria comunista, llegó a Francia en 1963; aquí desplegó el abanico de su cultura universal.
Dejó de lado la vida de la opresión en nombre de la humanidad, para experimentar la libertad, y, así, este lingüista, historiador y filósofo, ocupa un lugar central en el mundo intelectual de nuestro tiempo.
"Deberes y delicias. Una vida entre fronteras" (FCU/Gussi), Todorov reúne una serie de entrevistas sobre su vida, con Catherine Portevin. Es la obra de un gran escritor, que trasmite su experiencia y se convierte en matemático del alma.
Nacido en la escolaridad del comunismo, tomó consciencia de ello imperceptiblemente. Memora Todorov que en 1948/49, el modelo ya estaba presente en el espíritu de los niños, y lo encarnaba Pavliv Mozorov, cuya historia se contaba en las aulas: "ese héroe de la Unión Soviética cuyo principal mérito fue haber denunciado a sus padres", pues, agrega el filósofo francés: "había que renegar de la propia familia para apoyar al Estado y el Partido".
En 1963, con una maestría, llegó a Francia. Este "campesino en París" descubrió a jóvenes franceses que soñaban con el mundo comunista del cual había escapado.
Le parecieron inconsistentes: "aspiraban a un régimen que suprime las libertades individuales, que erige la mentira y a la hipocresía en reglas de conducta, que lleva a la catástrofe económica". Los define como: "pequeños burgueses, bobos".
Eran la cara opuesta de los anticomunistas que, como el escritor Manes Sperber, siempre creían que quienes pensaron antes como ellos, no habían dejado caer hasta la última migaja de creencia en el Partido.
Recuerda Todorov que su pasado lo llevó a pensar que "los políticos son todos demagogos". En París, al llegar, no leía diarios, porque no les creía; era una sombra de su pasado, como lo era el miedo, pues antes de hablar de política se daba vuelta: "para asegurarme de que nadie me escuchaba".
Mientras estudiaba descubrió a Raymond Aron y a Albert Camus. También a Sartre, del que dice: "encarnaba esas posturas que suelo respetar poco".
En 1968 fue a Estados Unidos a enseñar, en Yale, y define su trabajo como: "una experiencia vivificante, diría feliz".
En el actual desierto intelectual, las memorias de Todorov se convierten en un repaso de las ideas de un nombre señero: el profesor y el universitario dedicado al debate intelectual.
Habla en este libro del mal, el desarraigo, la justicia, el encuentro de las culturas, la democracia, el amor por la literatura y el desapego del estructuralismo y del apoliticismo. Para Todorov el conocimiento no es un objetivo, es sabiduría. Articula su pensamiento con su existencia personal, y se convierte así en un hombre que ha dominado a su tiempo.