Alvaro Casal
Me acerqué a la puerta número 909. Estaba entornada y dudé antes de entrar. Pero escuché una risa inconfundible. Allí estaba él y a todas luces recuperándose bien. Se incorporó en la cama y pude abrazarle.
A través del ventanal el crepúsculo avanzaba sobre los techos de Montevideo, mientras Fernando Ainsa voceaba que esperaba le dieran de alta ese mismo día. De repente, se abrió la puerta y entró una señorita rubia. Fernando exclamó: "pero… usted es la anestesista". La joven asintió y explicó que venía a ver si todo había ido bien. Fernando dijo que nunca después de una operación el anestesista interviniente le había visitado. Aseguró: "Mira, Álvaro: esto, solo en Montevideo".
Al mediodía siguiente, el paciente hispano-uruguayo estaba saliendo del sanatorio y retomaba sus actividades programadas: charlas y conferencias en Argentina y Uruguay, presentar libros, ser entrevistado, ser homenajeado y también sufrir la operación.
Fernando Ainsa y su padre, químico, hace cerca de sesen-ta años desembarcaron en Montevideo, procedentes de Mallorca.
Dio la casualidad de que alquilaron una casa frente a la de mi familia en Malvín y allí empezó la amistad. Íbamos a la playa, compartíamos amigos, tripulábamos motos rugientes, comentábamos las novedades literarias, jugábamos a las cartas, intercambiábamos libros y perdíamos el tiempo.
Él se recibió de abogado, se zambulló en el periodismo y publicó libros.
Así que en parte seguimos carreras paralelas.
En las décadas posteriores nos seguimos viendo algo más esporádicamente ya que Fernando estaba haciendo brillante carrera en la Unesco, dedicándole a estos menesteres 26 años, con muchos viajes que le condujeron al aprendizaje de diferentes culturas.
Nos volvimos a encontrar en Montevideo y París varias veces, llevábamos y traíamos libros nuestros y de otros, nos sentábamos con amigos a compartir copas y también a evocar divertidos episodios de la juventud perdida. Entretanto, Fernando desarrollaba una intensa labor ensayística alrededor de temas centrales del pensamiento y la literatura de América Latina, cosechaba homenajes (por ejemplo, en 2009 fue objeto de un homenaje internacional en la Universidad de Lille, reflejado en más de setenta trabajos reunidos en El escritor y el intelectual entre dos mundos. Lugares y figuras del desplazamiento).
Esta vez, en Montevideo, Fernando recibió una nueva distinción, pero esquivó la fama por algunas horas. Previo a su partida hacia Zaragoza, donde vive actualmente, sentados en el vasto salón comedor del Hotel Ermitage, tomamos un par de tazas de té, y él, tras comentar que ya no escribirá más novelas pero sí poesías, me dejó sus últimos tres libros: "Confluencias en la diversidad" (siete ensayos sobre la inteligencia creadora uruguaya), "Clima húmedo" (poemas) y "Bodas de oro" (más poemas, algunos agrios y amargos).
Otra vez rescatamos anécdotas casi olvidadas y nos abrazamos fuertemente. Tengo la impresión de que según pasan los años el vigor del abrazo va en aumento.