El Ejército Nacional

GUSTAVO PENADÉS

El 18 de mayo pasado celebramos los 200 años de la Batalla de Las Piedras y también de la fundación del Ejército Nacional, en esa simbólica fecha de mayo de 1811.

Ello y el relevo del General Luis Pérez de su cargo de Comandante de la División de Ejército 1, nos llevan a algunas reflexiones.

La primera. No conocemos en detalle los motivos de la destitución del General Pérez. El Mando Superior de las FFAA es responsabilidad del Presidente de la República y del Ministro de Defensa, y en lo que concierne en este caso al Ejército, su mano derecha es el Comandante en Jefe del arma. Y hay asuntos cuya delicadeza exige que se mantengan en reserva los motivos de algunas decisiones que se adoptan.

El orden institucional sólo indica la obligación de su acatamiento.

Por ello, respetuosos como somos del Estado de Derecho -respeto éste que hemos demandado, sin éxito muchas veces, a los gobiernos frenteamplistas- sólo cabe nuestro público respaldo a lo actuado por el Presidente Mujica y el General Rosales.

La segunda. Nuestro Ejército, y las FFAA en general, vienen siendo objeto, desde el retorno a la Democracia y, seguramente en gran medida, como consecuencia de la Dictadura, de un debilitamiento en todos los aspectos que hacen a su existencia y accionar: deterioro en equipamiento, en capacidades, en atención de la salud y en salarios. Asimismo, han sido víctimas de una campaña sistemática de ataque a su dignidad institucional, que proviene del Frente Amplio y se profundizara desde que ese conglomerado político ocupara el gobierno.

Ni que hablar, de las acechanzas que, genéricamente, se ciernen sobre los militares con la persistente actitud de revisión de los efectos de la Ley de Caducidad, con que, más que justicia, parece buscarse escarnio y venganza.

Ese afán de debilitamiento y ese ataque sistemático, han impedido que reincorporemos a nuestras FFAA a la colectividad nacional en un plano de igualdad y respeto, por más que hayan pasado casi cuarenta años de los desvaríos dictatoriales de algunos de sus miembros, y que sus actuales integrantes no tuvieran nada que ver con aquellos tristes días.

Fueron vanos los esfuerzos que se hicieron para que el gobierno frenteamplista mejorara la situación presupuestal de las Fuerzas Armadas. Sueldos de hambre de oficiales y soldados, disminución de las capacidades de las Fuerzas, incapacidad para la captación y retención de personal -especialmente el más calificado- en la Institución, situaciones de pobreza extrema, deterioro y casi destrucción del Hospital Militar y de su sistema de salud todo muchos militares sintieron que el presidente Mujica y el ministro Rosadilla los habían traicionado.

Es bueno que recordemos que a las instituciones de la Patria no se las debe acorralar.

No por temor.

Tan sólo por respeto a su dignidad -que nos cabe a todos y en la que todos debemos sentirnos reflejados- y por la obligación que tenemos de reconstruir de una buena vez una colectividad nacional plenamente integrada, en la que a las Fuerzas Armadas les cabe un importante rol a cumplir.

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