Es bueno tomarse de tanto en tanto un respiro para zafar del agobio que provoca el acontecer nacional que nos golpea a diario, y mirar hacia el mundo que nos rodea. Entonces encontramos en el centro del comentario internacional, el lamentable episodio protagonizado por el jerarca del Fondo Monetario Internacional, Strauss Kahn, al que se acusa de acosar sexualmente a una humilde trabajadora del hotel de Nueva York.
En primer término, es destacable el apoyo de los compañeros de trabajo de la víctima y de sus empleadores, que por encima de la visibilidad del cliente, se jugaron abiertamente por la honestidad de la versión de la agredida. Luego, la envidiable eficacia de la actuación policial, que con el tiempo justo, llegó para sacar al presunto agresor de la primera clase de un avión que lo trasladaría a Francia, en donde se perfilaba nada menos que como candidato a la Presidencia de la República por el socialismo. Y fundamentalmente el proceder de la Justicia norteamericana, encarcelando al denunciado como a un ciudadano cualquiera, sin que hubiera influencias ni privilegios indebidos en razón de su altísimo perfil público.
Más allá de las discrepancias que uno pueda tener con la actuación de EE.UU. en algunos casos, una vez más la Justicia de aquel país deja en claro que allí la ley es igual para todos. Y que, además, el sistema de separación de poderes funciona a la perfección. Ello determinó en su momento, nada menos que la renuncia de un Presidente ante la evidencia de su obstrucción a las investigaciones judiciales.
Datos positivos a rescatar en medio de una historia humana lamentable, que muestra la caída de un personaje de primer nivel mundial como Dominique Strauss Kahn.