Uruguay ha cambiado. Esta es una frase que cada día se escucha más en los distintos ámbitos nacionales, sobre todo los políticos. Pero en general de una manera imprecisa, sin profundizar. La entrevista que el lunes pasado realizara el suplemento Economía y Mercado al sociólogo Danilo Veiga permite tener un pantallazo de esos cambios que viene experimentando la sociedad uruguaya. Y lejos de resultar una visión optimista, como la del eslogan del "nuevo uruguayo" retratado días atrás en este espacio, se trata de una luz de alarma.
Lo primero que resalta de las expresiones de Veiga es el reconocimiento de una situación particular del país en el contexto regional. Algo que en general es reconocido, pero que en estos momentos de refundación progresista, conviene destacar. "Uruguay es un caso atípico en el concierto latinoamericano porque los grados de desigualdad social nunca fueron muy agudos, debido a las políticas instauradas en la primera mitad del siglo XX", afirma Veiga. En ese sentido, el experto afirma que el gran efecto positivo de esos procesos previos fue la consolidación de una clase media fuerte, que ejerció de amortiguador de los choques políticos, y se constituyó en un ideal social poderoso. Una conquista tan importante que incluso luego de la crisis del 2002, sigue representando más de las dos terceras partes del espectro social. Sin embargo, aquí Veiga enciende la primer luz amarilla, al señalar que los últimos años se ha visto un sostenido proceso de fragmentación de esa clase media que abre interrogantes sobre su futuro.
"Se ha producido una fractura de los lazos sociales, debido a que los principales agentes de socialización han experimentado cambios significativos", sostiene Veiga. Entre estos cambios, destaca "el deterioro de la educación pública y la segmentación espacial urbana". Algo en lo que, podemos apuntar nosotros, han tenido especial importancia dos aspectos que están lejos de ser abordados como debiera por los gobiernos frenteamplistas. Primero el proceso de politización aberrante que vive la educación pública. Segundo las políticas de vivienda exageradamente proteccionistas de arrendadores y deudores, lo cual ha hecho que quienes invierten en ese rubro se enfoquen exclusivamente en los sectores de mayores recursos.
Hay un tema llamativo en las palabras de Veiga, pero que confirma muchas impresiones que surgen de los datos en materia de combate a la pobreza. "Si bien los datos oficiales establecen una reducción importante del número de pobres en el período 2004-2009, esta información se contrapone con los resultados de carácter cualitativo de nuestro estudio", afirma el experto. "Distintos sectores de la población cuyos ingresos últimamente han superado la línea de pobreza, no se sienten integrantes de la clase media". "Y esta tendencia tiende a continuar a pesar de la reactivación económica". Lo que se está dejando en claro es que muchas de las cifras que son exhibidas como grandes logros, y que en general se deben a ayudas económicas puntuales y prebendarias, no tienen efecto profundo en el tejido social, y que una vez que cambie el "viento económico", la situación seguirá siendo más o menos de la misma gravedad de antes.
La entrevista brinda otros aspectos interesantes para el análisis. Pero la tiranía del espacio obliga a cerrar el mismo, aunque no sin hacer un comentario final. Lo que surge de las palabras de Veiga, y en general de las lecturas de la realidad hechas lejos de las pasiones políticas, es que el gran activo de la sociedad uruguaya es haber generado una clase media fuerte. Esto se logró a influjo de políticas específicas como el impulso a una educación pública competente, integrada al mundo real, gracias a lo cual cumplía el rol de facilitar la movilidad social. Algo que hace tiempo dejó de hacer. También gracias a políticas de vivienda que apoyaran a esa clase media en su afán de superación.
Lejos de eso, lo que vemos en los últimos gobiernos son medidas impositivas que se ensañan con esa clase media, destruyendo su espíritu emprendedor. Todo con la supuesta intención de financiar un paquete de políticas asistencialistas que, cada vez queda más claro, son pan para hoy, y hambre para mañana.