Educación fermental

El problema educativo es harto difícil de plantear y, más aún, de solucionar. Afecta tanto a los países del primer mundo como a los menos desarrollados. Porque, en rigor, educar es guiar, conducir y por tal concepto abarca no sólo a la educación convencional sino, además, a la que emana de la familia, del medio ambiente en que se vive, a la prensa escrita, a radios, al cine y, sobre todo, a la televisión ya que, como se repite, una imagen vale más que cien palabras. Para peor, la televisión nos introduce modalidades que no son propias sino foráneas, especialmente bonaerenses. Así que el esfuerzo para encauzar tantos y diversos factores -que influyen en la conformación de la sociedad- no sólo debe ser continuo sino también cambiante, porque dichos factores así lo son. A propósito de esto, no es de extrañarse que, en Francia, se ironice sobre el tema diciendo que cada ministro de Educación implanta su propia reforma de la misma que, por cierto, lleva su nombre...

Es obvio que las circunstancias actuales no son iguales a las del pasado, ni siquiera a las del pasado reciente. La globalización, el mundo de la informática, el debilitamiento de la familia, el énfasis en los derechos del niño y del adolescente pero no en sus responsabilidades y deberes, en fin, las drogas, la violencia, la inseguridad, el descreimiento están azotando a la sociedad y reflejándose en la educación que, después de todo, es el fruto del ambiente en el que se desarrolla.

En la antigüedad, la tarea era más sencilla. Platón decía que con la educación se puede crear cualquier tipo humano que se desee: un guerrero, un religioso, un político, un labrador, un artesano, etc. Y tenía razón. Esparta "producía" sus hombres de armas y "producía" los siervos que los alimentaban. Y así también ocurría en otras ciudades-Estado, en los imperios y en los totalitarismos modernos. La educación era sesgada. Pero hoy en día, la vida es mucho más compleja: recibimos e irradiamos influencias desde y hacia los cuatro puntos cardinales, en todo tiempo.

¿Qué puede hacer la educación si no es adaptarse a esa extraordinaria movilidad de lo cotidiano e intenta encauzarla en la medida de sus posibilidades y de sus convicciones puntuales?

Sin perjuicio de lo que antecede, la educación debe fijarse objetivos a largo plazo, permanentes, que se identifiquen con los fines básicos del Estado, más allá del gobierno de turno. Debe inculcar una mentalidad de cambio que no sea ajena ni al derecho que tienen los que producen riqueza a gozar de sus legítimas ganancias ni, tampoco, sea ajena a lo que demande la emergencia social que pueda existir en un momento dado. Debe crear ciudadanos con conciencia cívica, con confianza en las leyes y en las instituciones, en los mecanismos democráticos y en la libertad.

Debe bregar por el fortalecimiento de la autoestima de cada alumno -hombres y ciudadanos del mañana- tanto como por el respeto que ha de tener por el prójimo y debe insuflar en todos la convicción de que la cooperación mutua es un valor digno y conveniente de ser sustentado.

En otras palabras, la educación debe construir las bases -desde la misma infancia- de una modalidad que acompañe al ser uruguayo a lo largo de toda su vida: una identidad nacional que se centre en la confianza en sus propias fuerzas y un sentimiento de solidaridad que le señale que nadie está solo en este país y en este mundo. Este tipo de ideas debe fermentar en cada alumno. Que la educación no se limite a la instrucción, al acopio de conocimientos, por más necesarios e indispensables que puedan ser para el desarrollo. Que también inculque cómo emplear los conocimientos que debe impartir para que ellos redunden en el mejoramiento del individuo y de la sociedad.

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