Juan Oribe Stemmer
En una sociedad democrática, el instrumento de poder más efectivo quizás sea la capacidad de que dispone determinado movimiento de opinión, partido político, grupos de presión o líder, de imponer sus propios temas en la agenda política y su capacidad de excluir otros temas de la misma. En cierto sentido, los problemas o las ideas que no caben en esa agenda de la discusión política no existen para el proceso de toma de decisiones. Es lo que sucede actualmente con nuestra sociedad. Desde hace meses los principales lugares de la agenda política están ocupados por temas que se originan, directa o indirectamente, en acontecimientos de ya hace más de tres décadas. Incluso, en algunos casos extremos, se discute sobre episodios de hace más de cuarenta años, de la década de 1960. Todos esos asuntos, para utilizar una frase muy gráfica, son temas que "tensionan todo".
Pero, frente a la agenda fijada por quienes determinan los temas que deben recibir la atención de la sociedad política, existe la agenda implícita de la realidad. Esta es una señora muy persistente que impone sus desafíos de muchas maneras. Insistimos en mantener los ojos firmemente clavados en el pasado. Pero el mundo sigue andando. Con o sin nosotros. Y, lo más probable, a pesar de nosotros.
Cuanto mayor sea la distancia entre la agenda política, tal como se expresa, por ejemplo, en los debates parlamentarios o en los titulares de los diarios, y las urgencias del mundo real, mayor será el riesgo de que perdamos el futuro si persistimos en concentrar la mirada en el pasado.
Es cierto que no resulta sencillo mantenerse al margen del debate sobre los temas impuestos, por diversos mecanismos, en la agenda política. Quizás el mejor ejemplo de esa dificultad sea el caso del Presidente de la República. En los meses después de que asumió su cargo el Presidente se dedicó a esparcir ideas más o menos controversiales, sobre temas vitales para el futuro del país. Parecería que su intención fue crear una nueva agenda concentrando la atención de los uruguayos en los desafíos concretos del mundo real y generar un debate sobre ellos en el seno de la sociedad.
Se podrá, o no, estar de acuerdo con muchas de sus propuestas. Pero es innegable que una discusión de esa naturaleza, enfocada en los desafíos del mundo real, es necesaria y saludable. En cambio, hoy, la máxima preocupación del Presidente parece ser el lidiar con una crisis política tras otra, cuyas raíces se encuentran en aquellos acontecimientos de hace décadas y que un sector de opinión insiste, con éxito, en mantener en el lugar más alto de la agenda política. Son otros los que fijan la agenda.
La distancia entre la agenda política y la agenda de la realidad ya es amplia y se profundizará aún más si se persiste en convocar a una Convención Nacional Constituyente. Esta es la mejor garantía para que la sociedad uruguaya se pierda en un duro y divisivo debate político durante los próximos años.
Ello, cuando existen desafíos presentes que requieren inmediatamente toda nuestra atención y energías unidas. No es saludable que el pasado predomine sobre el futuro en la manera y en la medida que lo está haciendo ahora.