Mentira histórica

Una vez más, el libro de Ciencias Sociales de Primaria para sexto año escolar que editó el Consejo de Educación Inicial y Primaria en 2009 quedó en el centro del debate. Esta vez no se trató de su partidista ilustración de tapa, que contiene imágenes de Tabaré Vázquez y del "Che" Guevara, sino de graves errores en los hechos históricos que pretende narrar.

El argumento es siempre más o menos el mismo. Con medias verdades, errores, omisiones, o directamente evidentes mentiras, adolescentes y jóvenes de nuestro país reciben el relato de una Historia sesgada y falsa del Uruguay y del mundo. Como ilustración baste anotar aquí las motivaciones que ese texto entiende sustentaron la construcción del muro de Berlín en 1961. "Edificado para mantener la separación entre dos ideologías", según él, cualquiera que de buena fe hurgue en las causas de esa construcción encontrará, en realidad, la voluntad de las autoridades comunistas de Alemania Democrática de evitar el éxodo masivo de ciudadanos de Europa del Este hacia las democracias occidentales y liberales.

La Historia Reciente se ha convertido así en un terreno en el que nada tiene que hacer la Historia como ciencia social. No hay voluntad de rigor científico, ni empeño por promover el espíritu crítico. Aquí lo que hay es una deliberada construcción de una memoria en tanto proyecto político que justifica a ciertos actores, en un pasado reciente reformulado con sentido maniqueo y siempre sesgado a favor del FA y de sus raíces ideológicas socialistas y comunistas.

Así, jamás se dirá una palabra de las atrocidades cometidas por las dictaduras comunistas en el mundo en el siglo XX, porque a ellas adhiere buena parte de la intelectualidad de izquierda que escribe los textos de esta "Historia". Tampoco se escribirá sobre el atentado a la democracia perpetrado por la guerrilla tupamara desde 1963, porque de esta forma se deslegitimaría buena parte de la leyenda rebelde que conforma el itinerario de muchos integrantes del actual gobierno -por ejemplo, el del propio ministro de Educación.

Detrás de estos errores históricos se esconde una firme voluntad refundacional en la que la democracia liberal y el pluralismo son, invariablemente, devaluados. Porque está vigente una batalla cultural de inspiración gramsciana que, sin descanso, intenta socavar las bases democráticas representativas y liberales de nuestra convivencia colectiva.

El problema es político y debe ser enfrentado con urgencia. No alcanza con dejar asentada la queja ciudadana. Porque no estamos ante una saludable discrepancia de matices interpretativos sobre episodios históricos. Estamos, en verdad, ante la permanente convalidación pública de un relato falso de lo que ocurrió en el Uruguay y en el mundo en los últimos sesenta años que procura deslegitimar a ciertos actores políticos -los partidos tradicionales, la democracia representativa, los valores de la libertad individual -, y erigir en paradigma idealizado a otros actores políticos: el Frente Amplio, el modelo económico y social comunista, y el despotismo como paradigma de convivencia.

Si la reacción no es contundente, llegará un momento en el que se negará, con acentos goebbelianos, la propia verdad histórica más elemental, que será sustituida por distintos episodios cuyo hilo conductor terminarán siempre en la adhesión partidista frenteamplista.

La crisis de la educación es una prioridad nacional. Pero si voluntad pluripartidaria hay de enfrentarla con cierto éxito, deberá plantearse como condición ineludible la revisión con sentido plural y rigor científico de los panfletarios y sesgados textos con los que se forman las nuevas generaciones del país.

La convicción democrática se construye todos los días y la Historia es una de sus principales herramientas. Arropada en mentiras y tutelada por medias verdades, terminará por ser derrumbada por ciudadanos que desconocerán las virtudes de la República y repetirán consignas antidemocráticas aprendidas en la enseñanza pública.

Es tiempo de exigir responsabilidades políticas.

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