Luciano Álvarez
Era un atardecer del año 891. El califa Abderramán III paseaba por el mirador de Medina Azahara, la ciudad regia, que había construido cuatro décadas atrás en las faldas de la Sierra Morena, concentración y símbolo de su poder. "Cuando los reyes quieren que se hable en la posteridad de sus altos designios -escribió- ha de ser con la lengua de las edificaciones. ¿No veis cómo han permanecido las pirámides mientras las vicisitudes de los tiempos borraron a tantos reyes?" A su frente están el valle del Guadalquivir y la ciudad de Córdoba, la "Perla de Occidente", la más bella y grande de Europa, con su millón de habitantes, sus 471 mezquitas, 213.077 casas de obreros y comerciantes, 60.000 residencias y 80.455 negocios. La universidad, la escuela de Medicina y la de traductores, con sus setenta bibliotecas -todas creadas por él- atraían un considerable número de estudiantes musulmanes y cristianos. En su Córdoba -excepción de excepciones- casi no hay analfabetos. Al-Andalus, al que había dilatado como nadie, era un reino de mestizaje y tolerancia; la mayoría de sus habitantes eran muladíes, cristianos convertidos al Islam, que convivían con cristianos mozárabes y judíos. Él mismo era un mestizo, hijo de Muhammad, heredero del emirato, y de Muzna, una cristiana. Como muchos de su dinastía, tenía ojos azules, piel blanca y cabellos claros, aunque los teñía de negro.
Durante los setenta años que le había concedido Aláh, no eludió ninguna de las premisas del poder. No le temió a la violencia ni a la crueldad, con las que tuvo trato desde la cuna. Su tío Al-Mutarrif mató a su padre cuando Abderramán tenía veinte días, aunque no faltaban quienes culpaban a su abuelo Abd Allah, que había llegado al trono asesinando a su propio hermano. Luego, temiendo que sus hijos mayores le mataran, hartos de esperar por el trono, habría encargado la muerte de Muhammad y luego la de Al-Mutarrif. Ya sea por deseo de su abuelo o por intrigas palaciegas, Abderramán se convirtió en Emir en el 912; tenía veintiún años. El legado de Abd Allah no era más que un reino destruido cuyo poder efectivo apenas superaba los arrabales de Córdoba.
En dos décadas reconquistó la mayor parte de la Península Ibérica, extendió su poder al Norte de África y se proclamó Califa, rompiendo los últimos lazos de dependencia con Damasco y Bagdad: "En el nombre de Aláh, clemente y misericordioso. El más digno de reivindicar su derecho de revestirse con los dones que Aláh concede a los hombres soy yo".
Las crónicas cantaron su gloria: "Reconstruyó la unión del Estado, arrancó los velos de las tinieblas y con su luz amaneció el país. Terminó con la corrupción, el desorden y la hipocresía que habían imperado, rebeldes y contumaces. […] Conquistó España ciudad por ciudad, exterminó a sus defensores y los humilló, destruyó sus castillos, impuso pesados tributos a los que dejó con vida y los abatió terriblemente por medio de crueles gobernadores hasta que todas las comarcas entraron en su obediencia y se le sometieron todos los rebeldes."
Lo que no obtuvo por la espada, lo logró por la astucia. Otorgó privilegios, prebendas y cargos, no despreció el engaño o la amenaza pero tampoco la liberalidad y la generosidad, virtudes de las que no estuvo exento.
En su apogeo no cultivó la austeridad, la abstinencia o la piedad religiosa. No hubo vestido que vistiera dos veces y despreciaba exageradamente la prohibición musulmana de beber vino. Sus innumerables esposas y concubinas conocieron sus exigencias y sufrieron sus arranques de ira. Ignoramos el trato que dispensó a sus dieciséis hijas, pero sabemos que fue duro y exigente con sus once hijos varones, de los que sólo cinco le sobrevivieron.
En el año 950, replicando la maldición familiar, hizo ejecutar, frente a sus ojos, a su hijo Abd Allah, "joven de saber, inteligente, noble de espíritu y piadoso" por haber conspirado contra la designación de su otro hijo, Al-Hakam, como sucesor. A éste le reservó un destino ascético. Heredero desde los ocho años, recibió una privilegiada educación, participó tempranamente de las labores de gobierno y las campañas militares. Sin embargo, quizás por temor a que se reprodujera una vez más la sucesión de crímenes familiares, le mantuvo aislado del mundo durante cuarenta años. El cronista Al-Razi cuenta que no se le permitió "salir del Alcázar ni un día, ni ocasión de tomar mujer [de modo que] agotó los mejores días de su vida, privándose de los placeres íntimos de la vida a cambio de la herencia del califato, que alcanzó en edad tardía y con escasos apetitos..."
Ahora, sobre el final de sus días, Abderramán III, a pesar de regalarse con la vista de la magnífica Córdoba desde el palacio de sus sueños, ombligo del imperio deseado y construido por él mismo, se sentía tan triste, con una emotividad a flor de piel, que prácticamente no podía hablar "sin lágrimas en los ojos". Pasarían más de mil años para que la ciencia lograra explicar que sufría un tipo de depresión mayor.
Meticuloso hasta lo obsesivo, Abderramán III había tomado nota y llevado cuenta de cada uno de sus días. Entonces escribió: "He reinado más de cincuenta años, en victoria o paz. Amado por mis súbditos, temido por mis enemigos y respetado por mis aliados. Riquezas y honores, poder y placeres, aguardaron mi llamada para acudir de inmediato. No existe terrena bendición que me haya sido esquiva. En esta situación, he anotado diligentemente los días de pura y auténtica felicidad que he disfrutado: suman catorce. Ni uno más, ni uno menos".
Abderramán III murió en el 961 luego de reinar cincuenta años, seis meses y dos días. Su hijo Al-Hakam, que se convirtió en Califa a los cuarenta y seis, logró tener descendencia, mantener el apogeo del califato de Córdoba y llevarlo a su máximo esplendor. Fue el más culto de los califas de Al-Andalus y nunca se complació en la violencia. Medina Azahara duró menos de un siglo. En el 1010 los bereberes la destruyeron y durante 900 años se perdió hasta el recuerdo de su nombre y el lugar exacto de su emplazamiento.