Pidió expresamente que lo velaran en el Club Defensores que está ubicado frente a su casa, en Santos Lugares. La solicitud la hizo ante las cámaras de su hijo Mario, quien filmó un documental sobre el escritor.
El sábado Mario recordó el pedido en un comunicado breve que también recogía otras palabras de su padre que explicaban el deseo de que sus vecinos de siempre estuvieran acompañando el viaje final de quien se autodefinió como "a veces cascarrabias pero en el fondo un buen tipo". En aquel documental, estrenado el año pasado, también confesó: "El escritor realiza una especie de sueño de la comunidad, sueña por la comunidad entera".
Las dimensiones literarias y políticas de sus obras nunca pudieron opacar el culto a una vida simple, identificada con las plantas del frondoso jardín de su casa y con el fanatismo por el fútbol. Sabato era un reconocido hincha de Estudiantes de La Plata, donde además llegó a jugar en las divisiones inferiores. "No era un virtuoso, hay que aclararlo y aceptarlo, pero iba y volvía y no daba pelota por perdida", contó alguna vez.
Sin abandonar la rojiblanca camiseta del "pincha", con el tiempo empezó a ser reconocido por otros cuadros de fútbol. Fontanarrosa, por ejemplo, fue uno de los artífices del homenaje que en 2004 le realizara el club Rosario Central. "La gente tiene una idea errónea de lo que es un deportista, piensa que es un bruto. Pero la realidad es que el deportista tiene una gran cuota de inspiración, de repentización y de inteligencia en su tarea. Es dueño de un gran oportunismo, y tiene también una dosis de improvisación para resolver en situaciones inesperadas", sostuvo en una entrevista. Tampoco eludió el pase de lo futbolístico a lo literario, e incorporó a algunos personajes de las canchas a Sobre héroes y tumbas.
De la misma manera que en los últimos años no podía leer ni salir como antes, tampoco se lo vio en las tribunas como un hincha más. En una de las cartas que Sabato envió al escritor uruguayo Ruben Loza Aguerrebere dejaba constancia de su conciencia del fin de las cosas.
"Cumplo hoy 80 años... Mi vista me impide la lectura, excepto en grandes letras y en dosis homeopáticas. Escribo a máquina gracias a la memoria digital. Antes, Matilde era mi lectora, pero hace cinco años que está muy mal, y eso se acabó. Cuántas cosas se han acabado!", le confesaba a Loza. Poco después falleció su esposa Matilde y su hijo Jorge, y el impulso por escribir fue cediendo pasado a los pinceles que lo acompañaron hasta los últimos tiempos.
MORIRSE. El hecho de que la muerte formara parte del futuro, le hacía tener una visión más bien pesimista sobre lo que vendría. La propia condición humana le hacía sospechar al respecto. Y el haber sido testigo de los desgarros vividos durante la dictadura sedimentó un sentimiento de descrédito sobre el presente y de apelación al humanismo como la única forma en que el ser humano ("el animal más siniestro", de acuerdo a sus palabras) pueda renacer.
Según Loza Aguerrebere, Sábato nunca le habló del dolor enfermante que sintió en la elaboración del Nunca más.
Ese fue uno de sus principales conflictos. Otro lo fue la propia condición de escritor de quien sostenía que "la razón no sirve para la existencia". Vivió cada libro como un combate porque tenía con la literatura la misma relación que puede tener un guerrillero con el ejército regular". Pero no pudo desconocer la satisfacción que venía tras esos esfuerzos que le consumieron muchísimo tiempo. Con su sabia ironía llegó a escribir sobre ese tire y afloje permanente con las palabras: "La vida es tan corta y el oficio de vivir tan difícil, que cuando uno empieza a aprenderlo, hay que morirse".
Fontanarrosa: El autor de "Inodoro Pereira" impulsó un homenaje a Sabato en Rosario.
Romance, tradición duradera
Uno de los aspectos acaso menos recordados, por lo menos en una primera aproximación, de la personalidad de Ernesto Sabato es su vinculación con la música popular. Y sin embargo existió.
Tras publicar "Sobre héroes y tumbas", algunos amigos le sugirieron que escribiera un texto poético sobre el tema de la novela. El resultado fue lo que terminó llamándose "Romance a la muerte de Juan Lavalle", que por una razón u otra cayó en manos del gran guitarrista Eduardo Falú.
El resultado, que el propio Sabato consideraba "un ejemplo de la permanencia del romance castellano en el folklore vivo de nuestros pueblos", conoció una primera versión en los años sesenta, y fue reeditado (reelaborado) en la década del noventa. El relato corre por cuenta del propio Sabato, con canto y guitarra a cargo de Falú, intervención de la cantante Perla Aguirre y el cuarteto vocal Coral Santa Cruz interpretando a la Legión de Lavalle. Estilísticamente, la composición apela a los ritmos del cielito, el gato, la chacarera, la zamba, el estilo, la canción, la vidalita y la tonada, además de otros de inspiración folklórica más imprecisa surgidos de la propia creatividad de Falú.