Cuando Nelson Mandela salió de la cárcel muchos creyeron que aquel hombre regresaría a tomarse revancha.
Mandela había permanecido 27 años en prisión, cumpliendo una condena a cadena perpetua acusado de sabotaje y de integrar comandos terroristas que, por la vía armada, resistían la segregación racial en su país.
La de Mandela fue una reclusión dura. En la prisión de Robben Island fue obligado a realizar trabajos forzados y, por ser negro, a recibir menos raciones de comida. Eso lo debilitó progresivamente y puso en riesgo su salud. Además, sólo se le permitió recibir una visita y una carta cada seis meses durante todo el tiempo de su encarcelamiento. No era arriesgado pensar que ese hombre saldría, 27 años después, lleno de rencor y resentimiento.
Pero no fue así. Liberado el 11 de febrero de 1990, Mandela lideró a su partido en las negociaciones que, cuatro años más tarde, consagraron una democracia multirracial en Sudáfrica. Ese año fue elegido presidente, iniciando un mandato en el que dio prioridad a la reconciliación de todos los sudafricanos y transformándose en un líder pacificador, respetado y querido por todos por haber sido capaz de trascender las diferencias raciales y culturales, y de enterrar un pasado demasiado doloroso para todos, para dedicar sus esfuerzos a encolumnar a toda una nación detrás de un objetivo común en la construcción del futuro.
Dicen que cierta vez, en medio de los reclamos de algunos de los miembros más radicalizados de su entorno que habían sido ganados por el espíritu de revancha, Mandela pidió ser escuchado. "Ustedes me eligieron para que yo los lidere. Pues bien, ahora déjenme liderarlos", les dijo. Y les disuadió de dejar de lado los odios y los resentimientos, y de la importancia de dar vuelta las páginas más dolorosas para pensar en términos del porvenir.
Soy de los que cree que el Presidente José Mujica tiene la mejor intención de propiciar una reconciliación entre los uruguayos. Y de los que piensa que pocos serían más indicados que él para transmitir, desde su pasado y su presente, la necesidad imperiosa que los uruguayos sienten por una reconciliación sincera, duradera y enaltecedora, que permita que la sociedad toda y el país mismo rompan las cadenas que le atan a un pasado doloroso para todos, para dedicarse de lleno a construir el futuro.
Pero por ahora el entorno del Presidente y muchos de quienes le apoyaron para llegar al poder pueden más. Y entonces Mujica dice querer la reconciliación pero no parece todavía capaz de plantarse frente a los suyos a recordarles que ellos le eligieron para que los liderara. Ahora ellos deben dejarle liderar y marcar el camino. Y él debe entender que es el líder, y que no es posible tomar distancia de los temas. El líder debe liderar. Y el presidente, gobernar. Porque es el líder de los que le eligieron para que los lidere. Y porque es el presidente de todos nosotros.
¿No será bueno hacer un lugar en la agenda del Presidente para que visite a Mandela? Estamos a tiempo.
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