Entre la espada y la pared. Así se encuentran hoy una gran mayoría de peruanos que, mientras se preparan para la segunda vuelta de las presidenciales del 5 de junio, se preguntan cómo llegaron a una situación en la que se verán obligados a decidir entre dos candidatos que despiertan en el mundo curiosidad y rechazo: Keiko Fujimori y Ollanta Humala.
La curiosidad proviene del "biotipo" de los dos dirigentes. Keiko es una joven con poca experiencia, hija del ex presidente Alberto Fujimori, lo cual explica su capital político, y Humala es un militar con un discurso étnico y nacionalista que en el mejor de los casos puede ser descripto como "exótico". El rechazo es, lamentablemente, más fácil de explicar.
En el caso de Fujimori éste proviene de lo escabroso del legado del gobierno de su padre, el cual terminó en un golpe de Estado, denuncias de corrupción, y una extravagante fuga al Japón, todo además enturbiado por el recordado episodio de los "vladivideos" de su maquiavélico asesor Vladimiro Montesinos. La carrera de Keiko se ha basado en defender el modelo económico impuesto por su padre y muy poco más. Encima de esto, ha debido enfrentar denuncias sobre el origen del financiamiento de sus estudios en EE.UU. y reclamos por su escasa asistencia a las sesiones del Parlamento, al cual fue electa en 2006 con la mayor cantidad de votos que haya recibido un legislador en la historia de Perú.
La herencia familiar de Humala tampoco es demasiado gratificante. Su padre Isaac fue el creador de un movimiento político llamado "etnocacerismo" que mezcla el nacionalismo político, un indigenismo radical, y una visión militarista xenófoba y estatista del gobierno, con el racismo liso y llano. Además plantea recrear, uniéndose a Bolivia, el mítico Tahuantinsuyo ancestral. Como si estos antecedentes familiares fueran poco (vuelven a circular ahora los videos donde el proverbial Isaac y su simpática esposa cuentan como formaron a sus hijos para que algún día tomaran el poder), el propio Ollanta ha colaborado para sumar puntos negativos. En el 2000 dio un golpe de Estado, y en 2005 su hermano Antauro realizó otro intento de alzamiento, que se saldó con seis muertos, según dijo, siguiendo órdenes del hoy candidato. Además, ha sido señalado como el favorito de Hugo Chávez, con quien mantiene afinidades ideológicas notorias.
¿Cómo llegaron estos candidatos a definir la segunda vuelta electoral? Por dos motivos contundentes. Primero que ambos mantienen un electorado que, aunque minoritario, es fiel y fervoroso. En el caso de Keiko el mismo se encuentra en las clases bajas de Lima, donde se recuerda con aprecio las políticas de seguridad que pusieron fin a las décadas de conflicto político sangriento contra Sendero Luminoso y el MRTA, y la estabilidad económica que instauró tras los fracasados experimentos del APRA y de los sucesivos gobiernos militares.
En el caso de Ollanta, su base está en las zonas rurales del sur, que no se han visto beneficiadas por la bonanza económica actual, y que en un país marcado aún por el racismo y la segregación, responden bien al discurso de Humala. Un discurso que se ha visto "maquillado" por la llegada de los mismos asesores brasileños que tuvo Lula para alcanzar el poder.
Para un observador externo, ninguna de estas dos opciones radicalizadas responderían a las necesidades de un país que en los últimos años ha crecido a tasas superiores al 6%. Incluso Mario Vargas Llosa ha dicho que con estos candidatos se trata de una elección entre el Sida y un cáncer terminal. La realidad es que los votos de Fujimori y Humala sumados llegan apenas al 50%, y que casi la mitad de los peruanos no quería a ninguno de ellos como presidente. Pero la atomización y las pujas menores entre los distintos candidatos de centro o "moderados", le han servido en bandeja una elección a dos dirigentes con escasas credenciales y muchas interrogantes. Algo como para que, más allá de quien termine siendo el ganador de esta contienda, el resto de los países de la región tome nota y saque lecciones vitales para su propio futuro.