The New York Times | Jonah Weiner
Cuando hubo que elegir el papel principal para "El funeral", que embellece la historia de un anciano ermitaño tennesseano que organizó su propio funeral en 1938 cuando vivía, las opciones no eran numerosas para los productores.
El ermitaño, Felix Bush, es un individuo agotado que se ha exiliado en una cabaña durante cuatro décadas, obsesionado por la idea de una invasión juvenil. Víctima del desagradable chismorreo pueblerino, es un tipo de pocas pulgas pero se comporta con cierta madura dignidad. "Es el tipo de papel en el que se difumina la línea entre la leyenda y la singularidad del personaje, y la leyenda y la singularidad del actor", dice por teléfono Aaron Schneider, el director de la película. "Nuestra lista de actores era corta. Nuestra lista era Robert Duvall".
En enero, Duvall cumplió ochenta años. Ha estado en Hollywood durante cuarenta y nueve, desplazándose del teatro al cine en 1962 cuando interpretó a Boo Radley en Matar un ruiseñor. Pertenece al puñado de actores que han llegado a los ochenta sin que su carrera decaiga. Clint Eastwood tiene ochenta. Michael Caine tiene setenta y siete. Morgan Freeman y Anthony Hopkins están en sus tempranos setenta. Con Gene Hackman, 80, retirado, la lista se detiene ahí.
La longevidad de Duvall plantea dos cuestiones relacionadas. Por un lado, ¿qué ha estado haciendo bien durante todos estos años? Por otra, ¿su desafío de las leyes físicas de Hollywood está llegando a su fin?
"Está llegando. Tiene que ser así", dice Duvall, respondiendo a la segunda pregunta sobre una taza de té Earl Grey en el hotel Four Seasons en Manhattan. (Él también habló por teléfono unos días antes). Llegado desde Virginia, donde comparte una granja de 360 acres con su esposa, dos perros y varios caballos, usa "jeans" negros, botas de vaquero y una campera texana Longhorn que se ajusta a su fornido pecho.
Mientras describe varios eventuales proyectos futuros, deja claro que no tiene apuro en retirarse. Hay un drama de postguerra escrito por Billy Bob Thornton que le encanta, una película que quiere hacer con su viejo compañero James Caan, y un intento de resucitar Man who killed Don Quixote, en el que Terry Gilliam lo quiere como el luchador contra los molinos de viento del título. "Son papeles impresionantes", dice. "Y quiero que esos proyectos se lleven a cabo".
Internándose en una vida sencilla en El precio de la felicidad, Duvall ganó el Oscar a mejor actor por su contenido retrato de Mac Sledge, un cantante country cuyas tormentas interiores nunca alteraban una superficie aparentemente tranquila. En los años siguientes, Duvall ha encarnado un detective "duro", un predicador texano, Dwight D. Eisenhower, y a Stalin. Lo que vincula a esos personajes, dice, es que "en cada uno de ellos me gusta encontrar las contradicciones. Incluso cuando hice de Stalin, traté de encontrar un punto vulnerable en el tipo".
La negativa de Duvall a la actuación "espectacular" (tenía una tendencia a darle la espalda a la cámara en El precio de la felicidad, afirma el director Bruce Beresford) y sus dotes camaleónicas son virtudes artísticas, pero también han sido una ventaja comercial. Gracias a su habilidad para disolverse tan marcadamente en sus personajes, Duvall ha podido alternar formidables actuaciones secundarias con fantásticas labores protagónicas sin trasladarse definitivamente de una columna a la otra. "Quizás algunos de los actores más brillantes son tan brillantes que la gente no termina de identificarlos", dice Beresford, comparando a Duvall con una megaestrella como Tom Cruise, "que es siempre Tom Cruise en cada papel, no importa cuán competente o capaz sea".
En un e-mail, Francis Cop- pola dice que Duvall "siempre se brinda a sí mismo en cualquier papel que encarna". Que se ubique en un área gris entre actor de reparto y protagonista, sugiere Coppola, constituye una limitación en la distinción entre las categorías. A cierta altura, escribe Coppola, resulta difícil "establecer una diferencia entre los protagonistas y los grandes papeles de carácter".
Duvall dice que le gustan los personajes que le proporcionan tiempo y espacio para profundizar en ellos. Su papel favorito es el del antiguo ranger texano Augustus McCrae en la miniserie de seis horas de la CBS Paloma solitaria. "Es como la Biblia de Texas", dice Duvall. "No está tan bien dirigida como El padrino, pero el arco del personaje es increíble".
También dice que puede encontrar gran satisfacción en un personaje que aparece un instante en la pantalla. "Se puede hacer mucho si está bien definido, si uno trata de expandirlo y darle tres dimensiones".
Combinando la intensa preparación y la espontaneidad
Sissy Spacek dice de Duvall que "se convierte en el personaje", describiendo la experiencia de ver trabajar a Duvall en El funeral, en la que ella desempeña un papel secundario (la coestrella es Bill Murray, en el papel de un enterrador). "Cada actor tiene su propio proceso, pero el suyo es de una sola pieza. Simplemente se transforma".
Esa aura de solidez proviene de una técnica que combina preparación intensa y espontaneidad. Cuando acepta un papel, Duvall hace sus deberes. Para interpretar a Mac Sledge frecuentó bares en los que se ejecuta música country y cantó con una banda. Para convertirse en Euliss Dewey, el predicador pentecostal de El apóstol (1997), que Duvall también escribió y dirigió, pasó años visitando iglesias negras.
Dejó madurar esa investigación, pero no tomó decisiones definitivas acerca de cómo encarnar al personaje hasta que las cámaras empezaron a rodar. Beresford recuerda que durante los ensayos para El precio de la felicidad, las lecturas de libreto con Duvall resultaban curiosamente "débiles y poco emocionales", pero que el actor florecía cuando empezaba realmente la filmación.
"En el fondo estoy convencido de que no es necesario ensayar", dice Duvall. "La toma uno es el ensayo. Si sale mal y hace falta más, tenemos la toma dos, la toma tres, la toma cuatro o la cinco".
El hombre que llegó totalmente formado cuando fue a Hollywood
Para responder a la pregunta sobre la longevidad de Duvall, un buen lugar para empezar es el abanico de personajes que ha encarado a lo largo de su carrera. Empezó a actuar en los años cincuenta, pero llegó tarde a Hollywood ("era un actor totalmente formado" dice el crítico británico Tom Shone, autor del libro Block- buster: How Holly-wood learned to stop worrying and love the summer).
Duvall alcanzó la celebridad en los setenta junto a figuras como Al Pacino, Dustin Hoffman y Robert De Niro, que aportaron nueva energía a las películas. No eran simplemente "estrellas de cine, como Errol Flynn o Clark Gable", dice Bruce Beresford, que dirigió a Duvall en El precio de la felicidad (1983), sino también "actores superlativos`` que "se identificaban totalmente con cualquier papel que interpretaban".
Duvall actuó para Robert Altman en La cuenta regresiva (1968) y para George Lucas en THX 1138 (1971), pero fue en El padrino (1972) de Francis Ford Coppola, donde encarnó al gélido consejero de los Corleone, Tom Hagen, que proporcionó su primera labor imborrable. En 1979 dio un giro de 180 grados y recibió enormes elogios por interpretar a dos militares que eran casi tan fríos como el napalm: Bull Meechum en El gran Santini y el teniente coronel Kilgore en Apocalypse now. En Apocalypse, la actuación de Duvall "elevaba la pulcritud moral de la película", dice Shone, complicando a los pacifistas con su "carismático, poderoso, fantástico halcón".