Finalmente se produjo. Tras meses de demoras, negociaciones internas y maniobras legales, la bancada frentista impuso su mayoría en el Senado para aprobar la ley que pretende "anular" los efectos de la Ley de Caducidad. Una jornada de luto para la democracia uruguaya y que seguramente tendrá consecuencias en el futuro de esa fuerza política.
Fue una jornada de luto por varias razones. La primera es que la ley votada representa un conglomerado de aberraciones jurídicas y violaciones constitucionales como pocas veces se ha visto. Se desprecia olímpicamente principios básicos como el de la cosa juzgada, o la irretroactividad de la ley penal más gravosa, y se pretende instaurar una ficción legal por la cual el Estado deberá hacer de cuenta que una norma que generó efectos por más de 20 años, nunca existió.
Pero estos argumentos difícilmente podían hacer mella en una bancada que en los últimos años ha hecho gala de dos de los principales vicios que se le puede achacar a un legislador; el fanatismo ciego y la ignorancia absoluta en temas legales. Algo que ya ni sorprende mucho, en vista de los disparates que el Parlamento viene votando en los últimos períodos, y el argumento tan soberbio como decadente con que esos legisladores han defendido su actuación frente las críticas de organismos como el Colegio de Abogados, señalando que "esas son cosas de abogados".
Pero en este caso hay aspectos más preocupantes aun que la cuestión formal legal. Y es que el Parlamento va en contra de lo decidido por el cuerpo electoral en dos ocasiones, la última de ellas hace menos de dos años. O sea, que una "elite" dirigencial se considera así por encima de sus mandantes y se atribuye el derecho ya no sólo a decidir por ellos, sino a decidir en contra de su específica voluntad. Un camino de difícil retorno que lleva invariablemente al autoritarismo. ¿Cuál será el próximo error del pueblo a corregir por esta elite de iluminados?
Casi tan grave como el hecho en sí, han sido las argumentaciones de los legisladores frentistas. Estas fueron desde descalificar la voluntad ciudadana, justificando la derrota de sus postulados en un supuesto "miedo" de la población en 1989 (miedo que no tuvo cuando en plena dictadura votó al "No"), y en una especie de complot de la Corte Electoral en la última consulta. Todo enturbiado además por la idea machacada sin pausa de que quién no estuviera a favor de este disparate, era cómplice de alguna forma de asesinos y torturadores. Aunque el más preocupante fue sin duda el argumento esgrimido por el ex presidente Vázquez, repetido por varios legisladores, de que "las mayorías no siempre tienen razón".
Sabido es que ni el derecho, ni la filosofía, ni la ciencia política, ni la historia, son el fuerte del Dr. Vázquez. Pero su argumento es la piedra angular de cada régimen autoritario que ha sufrido este planeta. Es verdad que las mayorías pueden equivocarse. Desde Hitler hasta Bush, pasando por tantos otros ejemplos, los pueblos han cometido errores a la hora de elegir sus gobernantes, pero esa no es la justificación de la democracia. La razón de ser de esta forma de gobierno es que en caso de error, el único responsable es el propio pueblo, que debe convivir con las consecuencias de su decisión. Y que siempre podrá revertirlas en una nueva instancia electoral.
Con esta votación, que ha desatado ya una tormenta interna en sus filas de consecuencias imprevisibles, el Frente Amplio ratifica así en los hechos uno de los postulados que más ha combatido. Esto es la ya famosa "teoría de los dos demonios", por la cual se sostiene que la violencia desatada desde el aparato estatal en los 70 era una simple respuesta a la violencia surgida desde los sectores de izquierda. Con esta ley queda claro que para el oficialismo, igual que para los militares de antaño, el fin justifica los medios. Así como para los autoritarios de hace 40 años el acabar con el terrorismo y la agitación social disolvente justificaba la violación de la constitución y las leyes, para los autoritarios de hoy, encarcelar a esos militares justifica nuevamente iniciar un proceso similar. Las consecuencias de ese error ya las conocemos todos.