REBAR
Algunos de ustedes recordarán que no hace mucho tiempo, al comentar en esta columna la resistencia de Isabel II a financiar la ceremonia nupcial de su nieto Guillermo con Kate Middleton en la Abadía de Westminster, yo lanzaba la primicia de que al príncipe Felipe se le habría ocurrido "sponsorizar" la galera del "Willy" y la cola del vestido de la novia, a los efectos de aliviar con un buen aporte publicitario los exagerados gastos previstos.
Aquello pareció demencial: pero, ahora se ve que no estaban tan locos mis enviados especiales que cubren, en la capital británica, todos los detalles de los aprestos para el acontecimiento del 29 de abril, al transmitirme aquella sugerencia de su consorte que no aprobó la soberana. Debe reconocerse que le erraron por muy poco.
Kate se deshizo del famoso vestido negro y transparente con el que sedujo a Guillermo, y lo puso en venta en una subasta londinense: el martillero arrancó con una base de 16.000 dólares, y lo remató en 125.000; el comprador actuó en nombre de un tal "Nick de Jersey", y se alejó feliz de haberse desempeñado como lo quería quien pasa a ser el poseedor de la preciosa prenda. Otra perla para la corona.
Los Windsor no han logrado -pese a todas las estrategias que usaron- quitar las manchas que en los últimos años han venido ensuciando su escudo; y, dentro de tantas deplorables conductas, varios de los miembros de la cofradía han ido más allá de la venta de un vestido de una futura integrante. El príncipe Andrés tiene un curriculum que no lo favorece, al presentarlo como conectado -a través de una relación nunca aclarada del todo- con Saif Gadafi, y con un traficante de armas libio, llamado Tarek Kaitun. Según afirman ciertos chismosos que merodean por las inmediaciones del Palacio de Buckingham, el hermano menor del eterno aspirante al trono se ha aficionado al escándalo, dividiéndolo en dos mitades: una, dedicada al sexo, y la otra al dinero. Perdura una foto de años atrás, en que Andrew aparece rodeando con su mano más activa la cintura de una menor de 17 años, y no precisamente para tomarle la medida con un centímetro.
La chica pertenecía al equipo de menores prostituidas por el millonario yanqui Jeffrey Epstein, con quien el noble inglés mantiene una estrecha amistad, aún después de que ese personaje pasara una temporada de reflexión en la cárcel, por incitar a dar el mal paso a la niña de las fotos -la de los 17 años- y a otras 17 que lo acusaron de lo mismo. (Negro, el 17).
Otro problema ha surgido en el círculo de los Windsor: la lista de invitados a la boda -unos 1.900- donde hay de todo como en botica. Les confieso que me amarga el hecho de que me hayan "ninguneado", con todo lo que me ocupo de la familia real, desinteresadamente.