Dictadura sindical

Quién manda aquí, en el Uruguay? ¿Es el pueblo, a través de sus representantes en el Parlamento y en el Ejecutivo, o son las cúpulas sindicales, elegidas sin recurrir al voto secreto y, por tanto, irrepresentativas aun de la masa de los trabajadores? Esta última, sí, en cambio, tiene oportunidad de manifestarse legítimamente mediante los legisladores y gobernantes que elige, con las garantías del caso, en comicios obligatorios y libres.

¿Quién manda en este país, pues? Porque la evidencia indica que cuando un grupo de sindicalizados resuelve que se le satisfagan determinadas exigencias laborales, si éstas no son atendidas en tiempo y forma, de nada valen las instituciones, las jerarquías, los principios legales y aun la Constitución de la República. Tampoco se tienen en cuenta la necesidad o la conveniencia que pueda manifestar la mayor parte de la población. Nada de esto influye en la decisión del sindicato en conflicto: simplemente, se hace huelga o paro, se ocupan la fábrica o las dependencias públicas o privadas del caso y se muestra y se demuestra que el interés gremial -o, mejor, el sindical- está por encima del interés y el bienestar generales.

Esa dirigencia es insensible a las molestias y daños que pueda sufrir el prójimo. Tiene una visión absolutamente "ombligual" del funcionamiento de la sociedad en la cual está inmersa y a la cual se debe como cualquier otro sector de la misma. Su accionar constituye el fruto de un injerto espurio de una falsa democracia en una democracia real ya que utiliza los mecanismos formales de ésta para ocultar lo que realmente es: una dictadura que se disfraza con asambleas, plenarios, congresos, comisiones y demás, detrás de todo lo cual hay una ideología liberticida y un equipo avezado en el engaño y en la conducción demagógica.

La dictadura sindical está entre nosotros y está dispuesta a quedarse y lo hará así si nuestra democracia no resuelve poner las cosas en el lugar que corresponde, por ejemplo, exigir el voto secreto y obligatorio para adoptar medidas extremas y respetar el derecho a trabajar que tiene el que no comparte las decisiones sindicales o no está afiliado al sindicato.

El problema es muy sencillo de plantear. En efecto, ¿qué derecho tiene un pequeño grupo de personas para privar a la sociedad entera del servicio de anestesistas, de la provisión de supergás o del clearing y el control aéreo o del imprescindible levantamiento de una cosecha? ¿O que unos pocos impongan la paralización de la actividad ministerial porque se despide a unos funcionarios cuando es obvio que el número de funcionarios públicos es excesivo, a pesar de lo cual a nadie se le ocurre hacer huelga y protestar cuando se incrementa abusivamente esa planilla?

Alguien dijo que no se puede tensar demasiado una cuerda sin correr el riesgo de romperla.

Es lo que está ocurriendo ahora de acuerdo con el panorama sindical que perturba al país desde hace ya muchos años. ¿Qué es lo que se aprecia? Mire hacia donde se mire, paros y huelgas por doquier, buscando alcanzar los objetivos que más convengan al sector involucrado. Ninguno de ellos habla de aumentar la productividad -sería algo así como llenarles el bolsillo a los "burgueses explotadores"- sino de aumentar el salario y reducir la jornada laboral.

Nunca aparece como preocupación el sufrimiento del otro. Es que no le importa. Cualquier medio se considera válido para presionar, así un piquete, un escrache, un corte de vías de tránsito o la ocupación de lo que sea, aun de la Suprema Corte de Justicia. El paro y la huelga adquieren la categoría de lo sagrado e intocable. ¿Hasta cuándo? ¿Y la esencialidad? ¿O se espera que también la policía y el ejército resuelvan hacer una huelga de brazos caídos o un trabajo a reglamento, antes de adoptar alguna medida correctiva de estas irracionales desviaciones?

La democracia es un sistema de convivencia insuperable pero hay quienes se extralimitan en el uso de las libertades que ella concede y prefieren definirla como algo fácilmente utilizable que no acarrea consecuencia para los que atentan contra su espíritu.

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