No merece pasar desapercibido el cumplimiento de los veinte años de celebración del Tratado de Asunción -por el cual se creó el Mercosur-, y si bien es cierto que en la Cámara de Senadores tuvo lugar una sesión extraordinaria para recordarlo, donde pronunciaron unas conceptuosas exposiciones los senadores Sergio Abreu y Luis Alberto Lacalle, corresponde insistir sobre el tema, deteniéndose a señalar el acierto de su creación y lo que aún se espera de él.
Cuando el 26 de marzo de 1991 los Presidentes Lacalle, de Uruguay; Collor de Mello, de Brasil; Wasmosy, de Paraguay; y Menem, de Argentina, suscribieron en Asunción el documento constitutivo, lo hicieron con el convencimiento de que, a partir de entonces, todo comenzaría a ser distinto, no sólo en el territorio de los cuatro países sino también en el resto del continente. La integración, largamente buscada en América Latina y que ya había registrado antecedentes valiosos, entre otros, a través de la Alalc y Aladi, e incluso de experiencias subregionales, como el Pacto Andino, conseguía finalmente establecer un fuerte mojón en el que la mayoría inicialmente no creía.
"Estamos abriéndole el campo a una oportunidad, no a una certeza" dijo entonces el presidente Lacalle y el Dr. Sergio Abreu como Ministro de Relaciones Exteriores de la época, recordó una frase de Jean Monet donde observaba que sería a través de la ascensión que podrían descubrirse nuevos horizontes. Incluso desde esta página se compartió el optimismo oficial, exhortando a todos aquellos que no habían sido alcanzados "por el desánimo o el quietismo", a incorporarse a lo que se calificaba como "una verdadera revolución".
Veinte años después, y pese a todas las dificultades y contrariedades que salpicaron el sistema, puede decirse que la decisión valió la pena; que algunos procesos se han registrado y que aún queda mucho por hacer, superando incluso la tenaz y compartible oposición del Senador Lacalle a la creación paralela de un Parlamento del Mercosur.
Hay que reconocer que el Mercosur, en su espíritu y en su letra fue creado con el propósito de establecer un proceso de integración, con una finalidad comercial, y para formar un mercado común y que se equivocaron quienes quisieron utilizarlo como un foro político para descargar en él, problemas bilaterales que no son comunes al Mercado, pero no menos cierto es que para fortalecerlo e impulsarlo se necesita la voluntad política de los gobiernos nacionales, y es allí tal vez donde más ha fracaso el Tratado.
En ese sentido es más que directa la información que ha trascendido de los ya famosos documentos de WikiLeaks confirmando que los piqueteros de Gualeguaychú que cortaron el tránsito a través de los puentes sobre el Río Uruguay, impidiendo durante años el acceso de argentinos y uruguayos que pretendían cruzar la frontera, eran financiados por la Administración Kirchner. Y que esa violación al principio de libertad de circulación establecida en el Tratado de Asunción, junto al desconocimiento de laudos arbitrales solucionando controversias e incluso las recientes medidas dispuestas por un oscuro funcionario limitando el acceso de bienes uruguayos al mercado argentino, fueron un golpe casi mortal que se le infiriera, en lo cual no estuvo ajena la actitud de desentendido asumida por Brasil en momentos que debió haber adoptado un protagonismo componedor. Ello no impidió la apertura de las economías individuales, el establecimiento de una arancel externo común, la oscilación importante de los flujos comerciales y otros logros que, al mencionarse, excederían este comentario, en una comprobación que sigue conduciendo a la búsqueda de soluciones.
Se ha dicho con razón que no podemos mudar de lugar al país y que vivimos insertos en esta región, lo que justifica seguir defendiendo el Mercosur y procurar, a través de él, las soluciones que son posibles y están pendientes, en beneficio de los cuatro países y de los pueblos de esos cuatro países.