La obra magistral de Eugéne Ionescu se inspira en tiempos del fascismo que vivió en Rumania entre 1937 y 1938. Allí fue testigo del cambio súbito que sufrieron muchos de sus amigos al volverse imposible la comunicación en la sociedad. El fascismo es una enfermedad que convierte las personas en rinocerontes. Luego el simbolismo tuvo un significado más amplio, de crítica a todo totalitarismo, en donde la soledad del individuo lo anula. Así se llega a la mansa conformidad de todos, aplastados por la masificación de una cultura impuesta.
La crítica a esa cultura totalitaria es tan aguda -recordemos la maestría con que manejó la idea el Dr. Eduardo Pons Etcheverry en el célebre debate televiso previo al plebiscito de la reforma constitucional que quería llevar adelante la dictadura dejando en ridículo quienes lo defendían- que en la ex URSS, se prohibió la representación de la obra teatral.
Algo así es lo que según trascendidos quiere imponer el gobierno comunista montevideano -el comunismo es un fascismo de izquierda- con el proyecto de un plan de movilización urbana para impulsar el uso del transporte colectivo, desestimulando la circulación con vehículos particulares, que según se dijo en la Junta Departamental "son cosas para pasear los fines de semana". El plan ya se está ejecutando, prohibiendo el estacionamiento en avenidas, y complicando en todo lo que se pueda al chofer de un automóvil.
El totalitarismo se revela en los más pequeños detalles, que suelen pasar inadvertidos. Cultura masificada, patética falta de comunicación, inercia del espíritu. Todos al ómnibus, pues, de a dos por el pasillo, que al fondo queda lugar, apretujándose, asfixiándose. Todos rinocerontes.
Ojo, no es chiste.