Lo interesante de esta película es que desafía todas las rutinas del cine comercial y sale victoriosa de esa prueba. Para el espectador común, sin embargo, no será fácil digerir la modalidad expresiva, el ritmo de cada escena ni el hilo anecdótico que propone la libretista y directora Sofia Coppola (Perdidos en Tokio, María Antonieta) porque se aleja provocativamente de lo convencional. Su opción consiste en desarticular la clásica estructura dramática, esa que se abre con un planteo del tema, culmina con su desarrollo y se cierra con el desenlace de la intriga, porque aquí no se cumple con ella.
Se elige en cambio su reverso, el de una historia quieta, a menudo silenciosa, cuya acción no crece ni progresa, para observar así la vida diaria del protagonista, un actor de cine en una pausa de su trabajo, donde sólo debe atender aspectos secundarios de su profesión y su familia. La película no da la sensación de abrir una ventana para observar al personaje, sino de mirarlo por el ojo de la cerradura. Ese método sigiloso registra al hombre en los tiempos muertos de sus jornadas, donde no ocurre gran cosa más allá de un encuentro con la hija, una sesión de fotos, un viaje promocional, alguna partida en el casino, un trance erótico o un simple vagabundeo. Datos sueltos que no se enhebran como en la cadena habitual de un relato, sino que pasan y se apagan como estampas casuales que no dejan mucha huella, igual que en los vaivenes cotidianos de cualquier existencia.
Eso fluye mientras la realizadora elige lo que parece más inconsistente del material que tiene a mano, descartando los hechos relevantes para escoger en cambio la calma de un momento de soledad, un pasatiempo doméstico o la distensión de un rato de siesta, armando un retrato que no es frontal sino sesgado, con una cámara inmóvil cuya contemplación se prolonga igual que si le pusiera puntos suspensivos. Sin embargo hay un plan por debajo de ese rumbo azaroso, porque su hilera de apuntes permite ir sacando conclusiones sobre el vacío personal y el desencuentro afectivo que puede haber detrás de la fama, sobre el desasosiego que suelen ocultar las horas de ocio, sobre el doblez de las apariencias o el malestar que se adivina más allá del resplandor de una figura del cine. Esos datos incluyen una mirada crítica al medio donde se mueve el personaje, algunas ironías sobre su relación con el prójimo o hasta un momento de angustia que conmueve esos vistazos.
Hay un enfoque inteligente y un cálculo deliberado en el método, como lo había en los viejos happenings de Alan Kaprow, cuyos videos se detenían indefinidamente en una figura que no se movía y simplemente respiraba, porque la prolongación de esa imagen que no cambia provoca sin embargo cambios menos visibles en la percepción de quien la mira, hasta introducirlo en el personaje por caminos de acceso nada habituales, sumergiéndolo por fin en un nuevo clima. Si el espectador sabe vencer las dificultades iniciales que le plantea esta película fuera de lo común, se encontrará con una recompensa, la del trabajo de una realizadora que examina a la gente y al mundo con un ojo de notable independencia. Vale la pena acompañarla en su exploración de una intimidad tan cerrada como la pista de carreras por la que circula un auto en las primeras escenas, que sólo sirve al protagonista (igual que su propia vida) para girar sobre sí mismo y volver al punto de partida.
En un rincón del corazón
ficha
EE.UU 2010. Título original: Somewhere. Dirección y guión: Sofia Coppola. Fotografía: Harris Savides. Música: Phoenix. Montaje: Sarah Flack. Producción: G. MacBrown, Roman y Sofía Coppola; ejecutivos, Francis F. Coppola, Paul Rassam, Fred Roos, Jordan Stone. Intérpretes: Stephen Dorff, Elle Fanning, Chris Pontius, Erin Wasson, Alexandra Williams, Nathalie Fay, Kristina Shannon, Karissa Shannon, John Prudhont, Ruby Corley.