Jorge Abbondanza
Al pintor francés Jean-Auguste Ingres (1780-1867) le gustaba tocar el violín, con lo cual esa afición ha pasado a la historia como una frase -le violon d`Ingres- que alude a la actividad secundaria de una celebridad. En algunos casos esos talentos son bastante secretos, aunque hay excepciones, porque la gente sabe desde hace siete décadas que Winston Churchill no solo sabía gobernar sino que además pintaba al óleo, aunque en el panorama político de su época no era el único que empuñaba los pinceles. Su enemigo Adolf Hitler fue un acuarelista nada torpe en sus años mozos, si bien ninguno de los dos alcanzó un nivel de maestría. La fama de ambos ha permitido sin embargo que sus obras se paguen muy bien (más de lo que valen, seguramente) cuando figuran en alguna subasta.
Woody Allen no solo es el mejor comediógrafo del cine norteamericano, con 46 años de carrera sobre sus flacas espaldas, sino que además es un veterano músico de jazz y en estos días está llegando con su banda a Roma para demostrar que su capacidad de convocatoria no se limita a la pantalla. El actor Daniel Day-Lewis ha recibido elogios y premios por su labor en cine, pero va más allá de ese oficio. Durante años residió en Toscana para aprender a hacer zapatos según la admirable artesanía italiana en ese rubro. La actriz Norma Aleandro es una personalidad de primer orden en teatro y cine argentinos, pero hasta hoy ha sido también una narradora y dramaturga con gran apego por esa otra mitad de su vida profesional.
La actriz Hedy Lamarr fue una estrella de Hollywood en los años 40, defendida por una de las caras más hermosas que se han visto en el cine, pero fue asimismo una inventora que entre otras cosas ideó el sistema digital de discado telefónico, donde cada número corresponde a una nota musical. El autor teatral Harold Pinter, una de las glorias contemporáneas en la materia, se dedicó en su madurez a trabajar también como actor, cumpliendo así con lo que fue una vocación postergada por su dedicación primordial a la escritura dramática. Encaramadas en el poder, otras notabilidades han volcado sus horas libres en ocupaciones inesperadas, capaces de sorprender a quienes conocen solamente su papel político. Uno de esos casos fue el emperador Hirohito, fervorosamente dedicado a la botánica como desahogo para sus compromisos monárquicos. Otro fue Josef Stalin, que por las noches descansaba de sus trajines como dictador soviético. Liberaba en esas horas su pasión por el cine, veía una película por día en su salita del Kremlin y no ocultaba que su favorita era El gran vals, almibarada biografía de Johann Strauss que había sido confiscada por el Ejército Rojo durante la invasión de Polonia a fines de 1939.
Esos perfiles discretos demuestran que la gente encumbrada no siempre se dedicó en exclusividad al renglón que le dio fama. En ocasiones supo matizar la función pública con la pasión privada.