Sebastian da Silva
Imagino los titulares de los diarios hace unos pocos años si a cualquiera de los anteriores presidentes se le hubiera ocurrido pagarle a los liceales para concurrir a clase.
En el gobierno blanco hicieron un escándalo con un programa destinado a colocar computadoras en los liceos y a Germán Rama todo el Uruguay recuerda los innumerables e interminables paros que acompañaron su reforma educativa. Algo tan sencillo como proponer una dieta equilibrada en los comedores escolares fue motivo de uno los tantos debates bizarros que cada tanto debemos de soportar.
Buena cosa hizo el Presidente Mujica hace poco tiempo en reconocerle a Rama algunas de sus contribuciones a la educación nacional. Solo imaginarme la pléyade de diputados frenteamplistas, graduados de especie de educólogos, escuchando este reconocimiento me provoca la misma cantidad de bronca como de hilaridad.
Parece mentira que el doble discurso de algunos tenga tanto eco en nuestra sociedad…
Pero ahora aparece una novedad, ante la escandalosa comprobación que la educación no se arregla con un porcentaje del PBI: a las autoridades se les ocurrió dar plata a los estudiantes para que concurran a clase. Si dice presen- te cuando se pasa la lista pa- sa por la caja y cobra, si está ausente no se le paga.
Innovar en hacer más atractivo el concurrir a los liceos y a la UTU me parece una idea revolucionaria, no tengo empacho en aplaudir compensaciones económicas a la gente que se lo merece. Es más prefiero que vaya algo de plata a los estudiantes y no para algunos profesores que escudados en el fuero sindical, incitan a sus alumnos a todo menos al aprendizaje.
Lo que me parece absurdo, ridículo, y hasta irritante es que ese premio sea solamente por concurrir a clase, sin un cuarto de contrapartida, que para un estudiante es: tener buena conducta, hacer los escritos y las pruebas, tener buenas notas, y por supuesto salvar los exámenes.
Perfectamente, el peor de la clase, el más vago, el que distorsiona al aula, y hasta el pendenciero del barrio puede encontrar un método para financiar sus tropelías. Nadie le va a reclamar nada, puede ir con un walkman a clase y se asegura unos pesos por mes.
El mundo que funciona premia el esfuerzo, la excelencia, y la tenacidad. Uruguay esta plagado de ejemplos de muchachos que pese a un contexto complicado salen adelante a base de mérito. Estos no tienen plata, como tampoco tuvieron quizás sus padres que laburando de sol a sol no calificaban para el plan de emergencia.
El FA no los entiende, o por lo menos los ignora. Su desvelo es igualar para abajo, no premiar ejemplos. Entre el dilema de esfuerzo y sacrificio, versus asegurar un voto con unos pesitos, la izquierda continúa con un asistencialis- mo tercermundista sin darse cuenta la velocidad a la que camina el otro Uruguay.
Hoy son unos pocos miles, pero en el discurrir del tiempo, veremos muros pintados pidiendo la plata para todos o plata para naides, junto con los paros y ocupaciones. Esa culpa no será del chancho, sino de quien, en actitud incomprensible, le rasca el lomo.