MATÍAS CASTRO
Este fin de semana George Michael comentó que su karma lo llevó a recibir el castigo penal que tuvo: dos mil dólares de multa, un mes de libertad condicional y un mes en la cárcel por manejar bajo los efectos de las drogas y de psicofármacos al mismo tiempo. Según dijo en una entrevista a la radio de la BBC, esa reflexión le ayudó a llevar mejor su castigo.
Hay dos cuestiones interesantes en lo que afirmó Michael. Por un lado está la ambigüedad que plantea, como cualquier caso de "famoso que se dice arrepentido". Luego de ocasionar desastres, cualquier celebridad se inclina a llorar y a pedir disculpas ante las cámaras casi como un niño chico. Y por otro lado, está lo del karma.
No se trata de una cuestión religiosa, sino de algo relacionado al tema de la columna de ayer. En esa nota se hablaba sobre cómo algunas figuras no pueden con su propia naturaleza y vuelven una y otra vez a tropezar con las mismas piedras e incluso ellos mismos se ponen esas trabas en el camino. El gran ejemplo era, lógicamente, el de la estadounidense Lindsay Lohan, que ahora se dice inocente para evitar volver a la cárcel, al juez y a recibir otros castigos que la alejen todavía más de sus trabajos en el cine.
A esta altura también se vuelve inevitable pensar en Charlie Sheen, quien una y otra vez a lo largo de veinte años (o más) ha hecho todo tipo de desmadres y protagonizado más de un caso de violencia doméstica. Ahora intenta defenderse, en el peor momento de su carrera, ya algo lejos de los trabajos que lo volvieron millonario y le hicieron creer que era más o menos inmune a todo.
Michael es un monaguillo al lado de Lohan y de Sheen, al menos comparando el punto actual de sus carreras. Es curioso como es el único que ha hablado del karma en estos casos, porque hay muchos que parecen cargar con el mismo peso. Su forma de ser, o el modo de vida que aprendieron a llevar mientras crecían en el mundo del espectáculo equivalen a su karma.