MATÍAS CASTRO
Entusiasmo contagioso. Esa sería la expresión más adecuada para resumir lo que representó el show de Shakira y su banda la noche del domingo en el Conrad. Y no tanto una cuestión de puesta en escena ni de efectos, sino física.
Las coreografías son contagiosas. Los movimientos también lo son. La sonrisa de Shakira se pega, y otro tanto hacen algunos de sus gestos entre naturales y juveniles. La música, como buena exponente del pop, también se adhiere a los oídos y sigue sonando aún después de que el recital terminó. "Yo solo quiero que se la pasen bien. Yo solo estoy aquí para complacerlos. Así que ya saben: Punta, esta noche soy toda tuya", dijo en el primer tramo del show, con esa mezcla de simpatía de estrella, inocencia en el tono de voz, y ambigüedad deliberada en cada palabra.
Esa misma cruza entre la insinuación provocativa de los movimientos de caderas y pelvis más la frescura de una sonrisa agradecida se manifestó en muchos detalles del show. Rapeos, guitarras distorsionadas, cajón peruano, batería, sampleos electrónicos, bases bailables, movimientos tribales y africanos, movimientos árabes, flamenco, un charango y hasta una cuota de promoción de causas sociales africanas se integraron con muchos otros elementos a lo largo de casi una hora y media de festejo.
Uno de los momentos en que esta fusión de elementos y espíritus aparentemente incombinables estuvo en un punto casi intimista del show. Shakira, el baterista y los dos guitarristas se instalaron en la punta de la pasarela que salía delante del escenario. Quedaron con público delante y a los costados. El baterista tomó un tambor, uno de los guitarristas tomó un charango y el otro una guitarra española e interpretaron una peculiar versión de Nothing else matters, de Metallica. Shakira lucía en ese momento una pollera con un diseño reconociblemente Latinoamericano (uno podría pensar que estaba diseñado en base a ropa típica de Bolivia o de Colombia) y arriba tenía un top metalizado, más de fiesta o de discoteca. Si se atiende a que en estos shows nada queda librado al azar, todo adquiría coherencia: la ropa cruzaba dos ambientes distintos, mientras que la música combinaba la composición de la banda de metal más popular del planeta con una versión folclórica.
En la música pop el "factor contagio", por llamarle de algún modo, es fundamental. Desde la música hasta la actitud del artista central y los músicos y bailarines que lo acompañan, tienen que generar entusiasmo ante su público. Ver a Shakira en un recital con asientos es una experiencia un poco extraña en ese sentido. La música y sus bailes en escena provocaban todo el tiempo con ese truco del pop, que aparenta sencillez pero esconde una elaboración y un trabajo brutal. Esto hacía que el público, al menos en algunos sectores de la platea, viviera una experiencia esquizofrénica, parándose y sentándose alternativamente, entre unos que gritaban "¡Siéntense!" y otros que se paraban para ver, luego se sentaban intentando despejar la vista a los de atrás pero que se tenían que volver a levantar para disfrutar de la música y de lo que pasaba sobre el escenario.
Shakira no solo sabe mover el cuerpo como ninguna para bailar, cosa que va mucho más allá de un rítmico movimiento de caderas, sino que sabe comunicarse con su público. Comienza el show caminando entre la gente, convenientemente separada, pero tocando manos y contacto visual cara a cara e intercambiando sonrisas bien de cerca. Cuando sube al escenario extiende la comunicación al usar la música y el baile. Luego hace subir a cuatro chicas de la platea y, para terminar con el esperado y explosivo Waka Waka (que concibió en sus vacaciones en Punta del Este), hace aparecer un batallón de niños invitados, todos con remeras alusivas a África y bailando con ella.
No todo el público pudo disfrutar del mismo modo. Una mujer embarazada recibió un botellazo en la cabeza y algunas mujeres del público mostraron, según testimonios, una actitud prepotente a la hora de bloquear la vista a parte del público por estar de pie, mientras que el equipo de seguridad del evento se quedaba sin respuestas. Poco que ver tenía esto con la alegría que contagiaba el recital, que se manifestó con los cañones de papeles de colores que inundaron todo el recinto hacia el final. En ese punto, con el aire cubierto de pequeños rectángulos de colores flotando, era inevitable sentir el contagio.
Entretelones de una estadía fugaz pero memorable
Si bien la presencia de famosos y conocidos parecía tema obligado entre el público (Valeria Mazza, Adrián Suar, Julio Bocca, Jaime Roos, Jorge Larrañaga, Mercedes Menafra, Luis Alberto Lacalle, Sergio Puglia, Laetitia D´Aremberg y otros), lo que más ha pesado es, lógicamente, la estadía breve de la colombiana. El sábado por la noche se había presentado en Buenos Aires y el mismo domingo, después de una sesión de masajes, viajó a Uruguay en un avión privado. Llegó con un contingente de unas cien personas, según los datos que aportó el hotel Conrad, entre quienes estaban sus padres y su hermano, un profesor de francés y hasta Antonio y Aíto de la Rúa. Tras una fiesta corta en José Ignacio, hacia las 3 de la madrugada del lunes, subió a otro avión privado rumbo a Asunción para preparar su show de esta noche.