Uno de los temas tratados por nuestros columnistas en estos días es el de la necesidad que los partidos de oposición encaren desde ya, un trabajo eficiente en Montevideo. Es un desafío importante para todos, pero especialmente para el Partido Nacional, que tan sólo una vez, en las elecciones de 1958, pudo conquistar el gobierno departamental. En estos momentos, el Partido tiene buenas estructuras, en cualquiera de sus dos sectores predominantes. La lista 71 en la UNA, y la 250 y la 40 en Alianza Nacional, por poner ejemplos y sin necesidad de aventurar prematuras candidaturas.
Llevamos más de dos décadas de sucesivos gobiernos del Frente Amplio y nunca como ahora, había impactado en la opinión pública, el desastre de su gestión. Desde la administración dispendiosa del "delo por hecho" de Tabaré Vázquez, concediendo aumentos de sueldos desmedidos a los funcionarios y subsidios que desfondaron las arcas de la Intendencia, cuyos déficits pasamos a solventar los contribuyentes, hasta la intrascendencia de esta administración comunista, pasando por las gestiones de Arana. Tan calamitosa la última, que con toda lógica terminó con su carrera política, dejando sin embargo, secuelas de responsabilidades penales que no se terminan deslindar por la lentitud crónica de nuestra Justicia, lo que se suma a la inocuidad de la gestión de Ehrlich. Todo esto ha llevado a que la población finalmente comprenda que no puede seguir siendo rehén de su propia inercia, al tolerar las deficiencias de esas gestiones. La separación en el tiempo de las elecciones nacionales y departamentales, ha tenido la virtud de jerarquizar los problemas locales, lo cual permite al montevideano atender a la dura realidad de pagar los impuestos más caros del mundo, a cambio de servicios de baja calidad. Más de la mitad de las calles de la ciudad están en mal estado, venimos de soportar una huelga salvaje, decidida por un gremio ensoberbecido que no tuvo empacho en suprimir servicios como los de la recolección de basura, comprometiendo al límite, la salud de la población. El tráfico es caótico, las multas son abusivas y la circulación a lo que venga, sin observar una sola norma de seguridad, a menudo con carritos hurgadores en manos de menores, lo que crea una situación cada vez más peligrosa, además de lo estropeada que está la imagen y el aseo de la capital. Ponemos énfasis en la necesidad de que el Partido Nacional extreme esfuerzos en su tarea política, porque si bien en las elecciones de 2010 fue la segunda fuerza, todavía está lejos de poder lograrlo. Es imperioso intentarlo y encontrar la mejor manera de llegar con un programa de gobierno serio y viable.
Un par de precisiones a tener en cuenta: la primera es que las elecciones no se ganan en las reuniones sociales, tertulias de club, comisiones de cultura o debates académicos. Se ganan en los barrios, en la periferia, donde predomina una marginalidad rebelde y agresiva. Hay que entrar allí, no a vender espejos de colores, sino a comprobar las carencias y necesidades de la gente primero, y luego a exponerles programas de gobierno serios y viables. Se necesitan equipos de trabajo confiables, decididos a poner en juego el coraje cívico de llegar a donde no lo hace ni la policía, sabiendo lo que se va a proponer.
Y hay que tener en cuenta las dificultades de la tarea, porque la tradición de Montevideo es colorada. La historia es elocuente. Aunque a algunos no les guste oírlo, es una verdad de a puño que el Frente Amplio, en parte está influido claramente por una cultura batllista. No estamos discutiendo condiciones democráticas de colorados, batllistas o no, y tampoco es cuestión de poner por delante contrastes argumentales como el desaliño de los gobernantes o la vulgaridad del lenguaje, o el vestir y decir galano de quienes quieren marcar diferencias, como leímos en alguna prensa partidaria. Pero ello no va en desmedro alguno, no sólo de la posibilidad de una acción conjunta de análisis y de coalición electoral de toda la oposición, para devolver a los montevideanos una ciudad digna de su jerarquía, hoy arrastrada por el suelo.