SERGIO ABREU
El Gobierno no ha cumplido un año de ejercicio y ya se comienza a hablar de candidaturas, postulaciones, "nuevas vías", fórmulas y alianzas electorales, todo como si los problemas cotidianos pudieran esconderse con esta práctica "electoralista".
En realidad, la credibilidad del sistema democrático y, fundamentalmente, de los Partidos Políticos comienza a mostrar un deterioro progresivo. La inseguridad, los problemas de la educación, de la salud y hasta la visión estratégica del país en su proyección de mediano plazo pasan a un segundo plano cuando las candidaturas, las reestructuras partidarias y los posicionamientos tácticos y estratégicos de carácter electoral ocupan el mayor tiempo del oficialismo y de la oposición. Esta situación, que el lector debe reconocer sin mucho esfuerzo, se agrava por una dificultad genética de comunicación cultural que ha transformado al sistema político en un diálogo de sordos.
Corporaciones, sindicatos, grupos sociales, e incluso dirigentes marcan sus diferencias públicamente fuera de los marcos formales, en una suerte de anarquía donde cada uno dice su verdad sin escuchar a los demás. Por otra parte, todos parecemos estar contagiados de un encendido protagonismo personal donde la importancia de "marcar el tanto" en los medios es el punto a privilegiar.
La realidad habla por sí sola: la población y, en particular, la gente joven, muestran un cierto hartazgo de la política, especialmente de las luchas por los liderazgos, de la corrupción explícita y disimulada, del sentido de revancha que prevalece en algunos sectores de la sociedad y sobre todo, de la falta de cercanía de todo el sistema político con relación a sus problemas todos los días. Parece ignorarse que el escenario político ha incorporado un nuevo "actor social" surgido de las periferias urbanas que actúa frente al sistema con criterios distintos a los tradicionales. Un código de comunicación que nada tiene que ver con las ideologías y mucho con sus necesidades y con la forma con que se responde a sus reclamos.
Este nuevo actor político ha adquirido una cultura propia que responde a una urbanización desbordada que no ha podido ser absorbida por el mercado laboral. En otras palabras, un importante sector de la población que ha pasado a ser sinónimo de marginalización y pobreza; situaciones que fomentan una ausencia de valores básicos, una crisis del concepto de familia, una educación lejana al concepto de superación individual y una criminalidad rampante relacionada con el avance del narcotráfico y de la droga transformada en un tsunami de destrucción moral.
En este contexto, los medios de comunicación, en especial la televisión, informan y entretienen obsesionados por un "rating" que podría resumirse en la "tinelización" de la sociedad, ausente de mensajes de fortalecimiento de la institucionalidad y de la formalidad. Estos temas preocupan porque hasta hace poco nadie podía iniciar un blog en 24 horas; no existía Facebook, o Twitter, y menos aun, la posibilidad de convocar a miles o a millones de personas a través de estas nuevas redes de comunicación social. No se reconocía la importancia de estos modernos instrumentos que paulatinamente van cambiando la forma en que los seres humanos nos vinculamos, expresada en particular, a través de un peligroso nivel de banalidad y narcisismo que debilita el sentimiento de solidaridad colectiva.
Todos los días me encuentro con personas que se quejan de los servicios públicos, de los impuestos que paga, de los robos de que han sido objeto y del desconcierto que tienen frente al futuro de sus hijos; y particularmente terminan sus comentarios expresando que no se sienten representadas por las Instituciones y por el propio Parlamento. Es muy difícil tratar de explicarles que nunca ha existido un régimen político que simultáneamente asegure las libertades democráticas y civiles y desconociera al Poder Legislativo. Por eso esta reflexión, porque en medio de estos cambios avasallantes, el electoralismo sigue su curso indiferente a la nueva realidad, afiliado a un discurso antiguo y a una superficialidad que afecta la calidad de la democracia y que termina arrojando sombras sobre la importancia de la Libertad.
Tenemos que estar advertidos, como dice Fernando Savater, que "no son siempre los gobernantes los que pretenden acabar con las libertades o castrarlas al máximo: en demasiadas ocasiones son los ciudadanos los que les solicitan esta represión, cansados de ser libres o temerosos de la Libertad". Estas preocupaciones no se despejan manteniendo el viejo estilo y menos hablando de candidaturas y alianzas electorales que, aunque legítimas, parecen estar divorciadas de la realidad. Tampoco se solucionan con el arribo de un "Mesías" político que prometa la receta eficiente para entenderse directamente con el pueblo sin necesidad de intermediarios. El Parlamento debe retomar un protagonismo sustantivo. Autoridad que no se ejerce se pierde. Lo mismo sucede con las responsabilidades. Como ya lo vivimos y es una historia repetida, me preocupa compartir con el lector estas reflexiones: ¿estaré tan equivocado?
Enfoque
"El escenario político ha incorporado un nuevo "actor social" surgido de las periferias urbanas".