Cientos de miles de personas en la Plaza Tahrir de El Cairo estallaron ayer en un rugido de "¡Vete, vete!" luego que el presidente Hosni Mubarak anunció que delegaba poderes pero sin renunciar al cargo que ostenta desde hace tres décadas.
Mostrando su decepción y su ira, la multitud, que desde hacía horas abarrotaba el epicentro de la protesta contra el régimen egipcio en espera de un discurso de Mubarak, explotó en gritos de "¡Vete, vete!" y otros más violentos como "¡Te vamos a enterrar bajo tierra!".
El aire se impregnaba de agresividad en la Plaza Tahrir y empezaron a oírse llamamientos entre la multitud a dirigirse al palacio presidencial y sacar a Mubarak de allí por la fuerza, haciendo temer una escalada de la violencia. De todos modos, ayer varias agencias internacionales señalaron que no se conoce el paradero del presidente, y que este no estaría en la residencia presidencial.
Algunos manifestantes también instaban a otros que estaban en la plaza a dirigirse a la sede de la radio y de la televisión del estado, que se encuentra a un kilómetro de allí, sobre el Nilo, en otra señal de que ya se empiezan a cansar de protagonizar una pacífica protesta que, hasta ahora, no ha obtenido los resultados deseados.
En un esperado discurso televisado, Mubarak, enfrentado desde hace 17 días a una rebelión que exige su renuncia inmediata, afirmó que participará en la transición política hasta las elecciones presidenciales de septiembre, aunque anunció que delegará poderes al vicepresidente Omar Suleiman, sin precisar cuáles (ver página 4).
"¿Dónde está el ejército? ¿Dónde está el ejército egipcio?", coreaba una muchedumbre furiosa que poco antes había oído que las Fuerzas Armadas estaban tomando "las medidas necesarias para proteger a la nación y apoyar las legítimas demandas del pueblo". Y además prometieron que iban a "salvaguardar al país".
Las apuestas por la renuncia de Mubarak eran fuertes también en el extranjero, y la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos consideraba poco antes del discurso que había una "fuerte probabilidad" de que ello ocurra, según dijo el director de la entidad, Leon Panetta, en una audiencia ante el Congreso en Washington. Hasta el presidente Barack Obama declaró que el mundo estaba viendo la historia "en marcha" en Egipto.
En su discurso televisivo, Mubarak dijo que nunca aceptará "órdenes del extranjero".
La rebelión que puso al régimen al borde del abismo se inició el 25 de enero y cobró una nueva proporción en las últimas horas, con la entrada en huelga de decenas de miles de trabajadores en todo el país.
En los últimos días se señalaron también incidentes violentos en otras ciudades. En Puerto Said (noreste), unos 3.000 habitantes de un suburbio que reclamaban viviendas decentes saquearon ayer la sede central de la policía e incendiaron patrulleros y vehículos de los agentes.
En El Jargo (sur), la policía dispersó el martes a balazos una manifestación, hiriendo a un centenar de personas, cinco de las cuales murieron, según los servicios médicos.
La organización Human Rights Watch (HRW), en tanto, dice haber documentado 119 detenciones de civiles por militares pero cree hay muchas más, recogió el testimonio de un hombre que acusó a la persona que le interrogaba de torturarle tras haber sido detenido por militares por llevar un folleto antigubernamental.
Unas 300 personas perdieron la vida en enfrentamientos con las fuerzas de seguridad en estas 17 jornadas de lucha, según cifras divulgadas por las Naciones Unidas.
Cambio de ánimo. En ese mismo lugar, en la plaza que se tiñó de cólera e indignación tras el discurso de Mubarak, pocas horas antes la multitud se había entregado a una fiesta de júbilo con la casi certeza de que el "rais" anunciaría por fin su dimisión.
"El pueblo quiere juzgar a Hosni Mubarak", había coreado insistentemente la multitud agitando banderas egipcias, pancartas y fotos de los mártires mientras esperaba con el corazón en un puño el discurso.
Los militares desplegados en torno a la plaza, apoyados por tanques, habían dejado acceder libremente a todo el mundo a este emblemático lugar, olvidando los controles de identidad y nacionalidad que se habían aplicado hasta ahora.
Antes de que la plaza se llenase a rebosar, la vasta explanada había dado cabida a múltiples estrados con oradores de todos los gustos, y en un ángulo unos 150 hombres en filas de 30 se concentraron en la plegaria musulmana.
Otros rezaban en grupos pequeños, protegidos por compañeros que los rodeaban dándose las manos para impedir que fuesen pisoteados por la multitud, en una plaza en la que apenas se podía caminar. La solidaridad entre todos era palpable, y mucha gente distribuía gratuitamente agua y alimentos.
Ranima Azzem, una estudiante de 16 años, acudió a la plaza con sus padres. "Lo quiero juzgar (a Mubarak) porque ha robado 70.000 millones de dólares", dice la muchacha, refiriéndose a reportes de prensa que hablan sobre la fortuna del presidente de 82 años.
Su madre, Saura, había vaticinado si Mubarak no "renuncia esta noche, mañana (por hoy) habrá acá en la plaza más de un millón de personas para el Viernes de la Cólera", convocado por grupos prodemocráticos coincidiendo con el día feriado islámico. Y lo cierto es que para hoy los manifestantes quieren batir el récord de la semana pasada, cuando cientos de miles de personas salieron a las calles de El Cairo y Alejandría para pedir la renuncia de Mubarak.
El padre de Saura, Fathi, también opina: "Quiero que Mubarak se vaya del poder pero no del país, porque el pueblo tiene que juzgarlo".
Manifestantes: "¡Vete, vete!" y "Te vamos a enterrar bajo tierra", gritaba la multitud.
Omar Suleiman, un espía que en lo alto de la cúpula trae dudas sobre un verdadero cambio
EL CAIRO | Omar Suleiman (Quena, 1935) siempre fue un confidente de Mubarak. Ya era el segundo hombre más poderoso de Egipto antes de que la revuelta le llevara a la vicepresidencia. Desde el principio, su nombramiento se vio como una forma de asegurar la continuidad. Como Mubarak, Suleiman nunca ocultó su recelo hacia los Hermanos Musulmanes, su desconfianza a Irán, y su deseo de tener buenas relaciones con Israel y EE.UU.
Suleiman es un hombre de orígenes modestos que entró con 19 años en la Academia Militar. También amplió su formación castrense en la Unión Soviética y participó en las guerras contra Israel de 1967 y 1973. En los años siguientes se licenció en Ciencias Políticas, a la vez que empezaba a trabajar para los servicios de información del Ejército.
Su carrera profesional da un vuelco a partir de mediados de los años ochenta a raíz de que en su calidad de vicejefe del espionaje militar entra en contacto con Mubarak. En 1991, asciende a director de ese servicio y dos años más tarde, el presidente le nombra responsable de la Dirección General de Inteligencia Egipcia, la agencia nacional de espionaje. Egipto afronta entonces una oleada de atentados y asesinatos de los islamistas de Gamaa al Islamiya y Yihad. Suleiman obtiene resultados. Su amistad con Mubarak se reforzó en 1995 cuando la previsión del viejo espía evitó la muerte del presidente en un atentado en Addis Abeba. En el momento del ataque, estaban juntos en el coche blindado que Suleiman se empeñó en hacer llevar desde El Cairo.
A partir de 2000, su nombre empieza a adquirir eco internacional por su mediación entre Israel y los palestinos durante la segunda Intifada. Su discreción le da fama de "arreglalotodo" en la sombra y empieza a rumorearse que podría ser un relevo para Mubarak más aceptable (por el Ejército) que su hijo Gamal. Pero la dirección de una de las agencias de espionaje más poderosas de Oriente Próximo también tiene un lado oscuro. Suleiman ha sido el interlocutor de la CIA para su programa de "rendiciones" extraordinarias, las entregas secretas de sospechosos de terrorismo. EL PAÍS DE MADRID