Además de inoportuno, el episodio sería irónico si no fuera tan dramático. El 2 de enero, las autoridades egipcias mandaron una carta a Berlín, dirigida a la Fundación del Patrimonio Cultural Prusiano. Pedían la devolución del busto en piedra policromada de la reina Nefertiti, que había sido sacado ilegalmente de Egipto en 1912 y se exhibe actualmente en el Museo Nuevo de la capital alemana. Los remitentes no podían saber que 25 días después estallaría en El Cairo un alzamiento popular contra el gobierno, en el curso del cual un grupo de vándalos ingresó al Museo Nacional Egipcio, destrozó algunas antigüedades y robó otras, incluyendo piezas del tesoro de Tutankamon, lo cual obligó a redoblar la vigilancia de ese formidable acervo histórico y dejar de lado los reclamos sobre Nefertiti.
El busto de esa soberana atrae multitudes al museo berlinés y es célebre por la sorprendente belleza del personaje. La pieza de hace 3.300 años pudo despacharse hacia Alemania hace casi un siglo porque el arqueólogo que la descubrió dijo en la aduana que se trataba de un calco en yeso. Conviene saber que Nefertiti era la mujer de Akenaton, el faraón monoteísta y herético, y que murió a los 40 años en el 1.330 antes de Cristo. Los egipcios reclamaron la pieza por primera vez en 1930, y luego han vuelto a hacerlo varias veces, pero desde entonces han recibido la negativa alemana. Algo similar ha ocurrido reiteradamente con los frisos del Partenón, que los ingleses retienen en el Museo Británico como la mayor atracción del lugar, a pesar de las gestiones de Grecia para obtener su devolución e incorporarlos al Museo de la Acrópolis, que es donde deberían estar.
Esas reliquias de la antigüedad no son los únicos tesoros cuyo retorno piden los países de origen sin resultado alguno. Entre los casos más notorios figuran la Piedra de Rosetta, que permitió descifrar los jeroglíficos y que Egipto sigue exigiendo al Reino Unido, o los cientos de objetos arqueológicos encontrados hace un siglo en Machu Picchu y que la universidad norteamericana de Yale (donde siguen en préstamo) aceptó recientemente entregar al Perú. Otro caso es el Zodíaco de Denderah, que Egipto reclama al Museo del Louvre, la estatua de Ramsés II que piden desde El Cairo al Museo de Turín, el penacho de Moctezuma, que debería estar en México pero sigue en Viena desde el siglo XVI, o el Altar de Pérgamo, obra maestra del período helenístico, que fue desmontado en Turquía y armado nuevamente en la Isla de los Museos de Berlín, donde ha deslumbrado a cuatro generaciones de visitantes. Las apropiaciones indebidas quedaron sin embargo en segundo plano el miércoles pasado, cuando se supo que las muchedumbres callejeras en El Cairo habían arrojado bombas molotov al Museo Egipcio provocando un incendio. El desastre del Museo de Bagdad en 2003 parece repetirse.