Álvaro Casal
Introduje cambios importantes en lo que había considerado ingredientes básicos de un veraneo: opté por un balneario poco concurrido, a varias decenas de kilómetros de la ajetreada Punta del Este. Apacible, con mucha gente que vivía todo el año allí, a pasos del océano, saludándose con los vecinos. Al viejo estilo, me dije. Como era, por ejemplo, Solís en los años cuarenta, donde nunca cerrábamos la puerta de la casita de techo de quincha.
El día que tomamos posesión del chalet, advertí que las cerraduras no funcionaban. Algo que lucía auspicioso. Aún así, busqué un cerrajero (no fue difícil: estaba a una cuadra, rodeado de veinticinco perros), quien comentó: "En realidad nadie roba nada por aquí, pero vamos a arreglar esto, ya que más vale no facilitar ni dar ventajas…".
Solucionado eso, el veraneo pudo comenzar sin tropiezos. El País, que era distribuido por la única farmacia de la zona, informaba sobre hurtos y rapiñas que azotaban Punta del Este. También sobre accidentes gravísimos en las rutas al Este. Pero nada sobre este oasis esteño, donde el vecino de enfrente se había abocado a trazar y construir un caminito de entrada a su casita. Una labor simpática que progresaba jornada tras jornada.
Llegado el 2011 murieron dos personas en un accidente en la ruta costera del balneario. También le robaron un par de sillas a un lugareño. Más adelante, una computadora fue hurtada de un chalecito. Una tarde, en la casa de al lado, sonó una alarma. Concurrí a ver qué pasaba y resultó que en apariencia no era nada. Un residente de la zona me dijo que podría haber sido el resultado de la presencia de una araña en el sensor de la alarma. Pero la tranquilidad no duró: un par de horas después, a pocos metros de allí, fueron hurtadas ropa, zapatos y una computadora, mientras los residentes habían ido a la playa cercana.
Era evidente: la ola delictiva había alcanzado aquel presunto paraíso estival.
No se limitaba ya a Punta del Este, donde hasta violentos copamientos había habido, sino que llegaba a los balnearios sin renombre. Cada día pasaba algo. Claro que como era a escala menor, no merecía mayor difusión. Ni siquiera motivaba una presencia policial que podría evidenciarse con un patrullaje más o menos metódico. Sin embargo, sacudía a una colectividad hasta ahora nunca afectada por cosas semejantes.
Y las consecuencias no demoraron en percibirse: en lugar de caminitos de bienvenida a las casitas, se empezaron a colocar rejas y postigos, cerraduras y candados, luces de encendido automático y tantos otros mecanismos archiconocidos por los vapuleados montevideanos pero nunca antes vistos en el inventario del balneario con aires de otros tiempos. Hasta hubo quien se equipó con una pistola automática nueve milímetros, que llevaba cada vez que salía a caminar por las que parecían calles tan polvorientas como adormiladas.
De repente advertí que había sido testigo de una mutación súbita, que desgarraba el espíritu de una colectividad. Se cerraba el tiempo de los caminitos y se abría el de las rejas.