Cruje el gabinete

Cuando aun no se cumple un año de gobierno, las versiones sobre peleas en el gabinete de ministros inundan los principales medios de comunicación. El presidente Mujica ha intentado desmentirlo, ha mediado para bajar decibeles a las diferencias, pero con una persistencia digna de la perra Manuela cuando se empeña en arruinar la audición presidencial, los choques vuelven a salir a la superficie. Y en este caso, parece que van a requerir más que una patadita por debajo de la mesa para acallarlos.

El problema más sonado ha sido el del Ministerio de Economía. Las versiones sobre diferencias entre el ministro Lorenzo y el prosecretario de la Presidencia Diego Cánepa han ido mutando desde lo que parecía un choque personal menor, a algo más serio. Se ha sabido que hay un movimiento importante en el seno del gobierno, sobre todo entre los sectores más ideologizados, para ir decididamente por la cabeza del ministro. Algo que es llamativo y peligroso.

Llamativo porque se trata de un área que todos los días parece estar dando buenas noticias. La economía crece sólidamente, el desempleo baja a niveles históricos, y el clima internacional sigue siendo positivo para el país. Peligroso, porque de confirmarse su salida se producirá un terremoto en la frágil arquitectura de equilibrios entre sectores que tanto trabajo costó completar. Y, sobre todo, porque de triunfar en esto los sectores más ideologizados, significaría un cambio de rumbo mayúsculo para el país, y una modificación de las reglas de juego que el mandatario planteó al pueblo en la campaña. ¿Empezarán los "toqueteos" a las reglas del mercado? ¿Copará el voluntarismo esa área tan importante del gobierno? Inquietante.

Pero los problemas no son sólo en Economía. Notorio ha sido el enfrentamiento entre el ministro de Ganadería, Tabaré Aguerre, y su segundo, Daniel Garín. Todo salió a luz a partir de las diferencias de enfoque sobre las medidas para enfrentar la sequía, y desde entonces la cosa se ha agravado. Con el complemento de que mientras el ministro es un reconocido productor, apreciado por el sector, y propuesto por el propio Mujica, su viceministro es un hombre del riñón del MPP, con años en los vericuetos de ese ministerio, y que según ha trascendido cuenta con el apoyo incondicional de la primera dama, Lucía Topolanski.

Otra área conflictiva ha sido la Cancillería. Lo que comenzó como una gestión prolija y eficiente de un funcionario de carrera como Luis Almagro, viene destiñiéndose a pasos agigantados. El episodio sobre la Ley de Caducidad, en el que fue desautorizado públicamente por el propio Mujica, parece haber sido un mojón en su gestión. Los nombramientos de personas sin trayectoria en puestos clave, y ahora la aparición de las patéticas palabras de su subsecretario, atacando a países amigos y mostrando un perfil sectario preocupante, aumenta la sensación de que estamos ante una conducción descordinada y sin rumbo.

Otras dos áreas que no se ven firmes son Vivienda y Desarrollo Social, en las que las casi desconocidas figuras de Graciela Muslera y Ana Vignoli no están dando los resultados previstos. Vignoli ha debido salir a la prensa a reconocer que le ha costado "más de lo deseado" adaptarse a su cargo, algo increíble ya que esa cartera se trata de un coto privado del Partido Comunista, donde debía sentirse como en casa. Lejos de eso, y pese a contar con millonarios recursos públicos, se exhibe una gestión opaca e intrascendente. Lo mismo con Muslera, a quien muchos uruguayos seguramente ni han visto la cara, pese a ocupar un ministerio como Vivienda, señalado por Mujica como una de sus prioridades máximas. El reciente episodio de ocupación de terrenos privados por gente que reclama vivienda, no aumentan la sensación de que se esté haciendo un trabajo demasiado brillante.

Como se ve, el panorama en el gabinete dista mucho de ser el remanso de paz ideal para conducir un país. El problema es que el propio Presidente se la ha puesto difícil para cortar el problema de raíz. Su política de equilibrar sectores en cada cartera, y hasta sus palabras de que si se va un ministro, también su subsecretario, hacen que pensar en cambios a fondo signifique un trabajo digno de un equilibrista circense. El peligro es que si no se toman medidas, el circo se puede terminar instalando en el propio Consejo de Ministros.

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