Lo bueno, si breve, dos veces bueno". Virtudes éstas, de la visita de Mario Vargas Llosa. Breve, pero desparramando lo necesario para marcar a fuego la presencia de su personalidad, a la que no le faltó ni le sobró nada, para dejarnos el mensaje justo, conciso, no almibarado ni de compromiso, de un reconocimiento generoso y gratificante.
El Premio Nobel es más que un artífice de la literatura contemporánea. Es esencialmente un hombre culto. Y la cultura, en su cabal acepción, hace al hombre completo, gravitante en todas las actividades a las que dedicó su tiempo de trabajo y energías. El periodismo, la literatura, y la política. Es desde ese enfoque que queremos redondear el análisis de este editorial.
Mario Vargas Llosa trabajó activamente en política. Luego del fracaso del primer gobierno de Alan García, cuando los partidos tradicionales de su Perú materno entraban en una fase declinante, se postuló a la Presidencia de la República. Reconoció que aquella experiencia, de alguna manera frustrante, pero la derrota ante un improvisado que degeneró en el autoritarismo, lo convirtió sin embargo, en un peruano integral, porque en la campaña pudo conocer no sólo la hermosura, sino la plenitud de su país, en sus complejidades y diversidades geográfica y étnicas.
Quizás desde entonces su formación cultural básica como hombre de letras, se perfeccionara con el respaldo que le dio ese conocimiento empírico de la realidad tal como era, para conformar al hombre completo y polifacético.
Por ello creemos intuir que la sustancia de su discurso no estuvo tanto en su rechazo a Chávez, o a Evo Morales, o a Ortega, ni aún en su elegancia para definir como "indescifrable" a la Argentina con referencias reprobables a su gobierno, sino en la contundencia con que se expresó en general. "Una ciudadanía díscola" -dijo- "es una ciudadanía que es muy difícil de ser engañada y embaucada por cualquiera de las manifestaciones del poder. Desde el punto de vista de la democracia, debemos difundir la cultura, el espíritu crítico. Una sociedad se desarrolla extraordinariamente cuando los ciudadanos son cultos".
En ello importa, claro está, la educación, pero no sólo la que se imparte en los programas de enseñanza, sino la que da la vida misma, sabiéndola asimilar. No sin dureza, suele decirse que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen. Adaptándola a la visión de Vargas Llosa, podría sostenerse que los pueblos tiene los gobiernos que su nivel cultural les sugieren, y cuando no es el adecuado, se pueden equivocar.
Mirando en perspectiva global a América Latina, el Nobel primero restó con los ejemplos mencionados. Habló de la corrupción -que nada desmoraliza tanto a una sociedad- de la necesidad de cambiar el carísimo esquema represivo por uno preventivo para frenar al narcotráfico y del imperativo de defender la propiedad.
Pero a la hora de sumar, dijo apreciar en la región una izquierda y una derecha que creen, -o actúan como si creyeran, precisó- en la democracia. Habló de una extraordinaria transformación.
"Hay sectores muy amplios de la izquierda que hoy son una garantía democrática y hay también una derecha democrática que ya no cree en los militares" y todos defienden al Estado de Derecho, a las Instituciones, y llevan a sus países a notables índices de crecimiento económico.
Rescatamos dos referencias concretas a sendos países. Criticó a Brasil por intentar una negociación paralela con Irán -considera que el integrismo islámico es el principal enemigo de las democracias en el mundo- y cuando aludió a su primera visita a nuestro país en 1966, dijo que le había parecido no estar en América Latina por la excelencia de su democracia en medio de dictaduras militares. Es que supimos construir y ser un oasis.
Entre las sumas y las restas, el saldo le dio positivo, y lo expresó con natural y convincente optimismo.
Gracias por su estímulo, estimado amigo y gran señor.