JORGE ABBONDANZA
Una muestra de esculturas en madera de Ricardo Pascale será inaugurada hoy a la hora 20 en la Galería del Paseo, en el kilómetro 164 de la ruta 10 (Manantiales).
Hay artistas plásticos que en cada exposición se limitan a ampliar el ademán que ya se les conoce, prolongando una misma línea expresiva. Otros en cambio dan vuelta la hoja, como si en cada muestra se produjera el nacimiento de un gesto inesperado -una página inédita- dentro del cauce de un lenguaje personal.
A esa categoría pertenece Ricardo Pascale, cuya trayectoria se inició hace 15 años con trabajos planos en madera, destinados al muro, y saltó luego al desahogo de una tercera dimensión, sin apartarse de la madera, en obras que llegarían a dominar el manejo del volumen, que abrieron un abanico de formas y asumieron un formato monumental.
Se ha sujetado a una severidad fundamental, porque permitió que la madera respirara a través de sus vetas, su ocasional aspereza y su color natural, y también por la simplicidad de cortes y estructuras: grandes ruedas, arcoiris de tablas, elevadas columnas, un tambor truncado o una palma de copa achatada.
Su campo de maniobras trascendió el ámbito uruguayo hacia una proyección internacional, donde se incluye su presencia en la Bienal de Venecia y la implantación de piezas suyas en espacios públicos de varios países, desde Montevideo hasta Sajonia.
Lo que presentará ahora son varias series de trabajos recientes que cubren formatos muy dispares. Hay superficies menudas, resueltas con miles de escarbadientes, para emprender un retorno a las propuestas murales de sus primeras etapas, donde el plano erizado de puntas mantiene un color uniforme. Esas composiciones de pequeña escala se codean con estructuras verticales que se elevan en torno a una oquedad, como diapasones de delicada modulación, levantando unos brazos cuyo pulimento revela el deleite del artista al rebajar su material, que es la sedosa madera de marupá.
Hay paneles de varillas donde un color invade la superficie para contrastar con otro, dibujando (igual que un sismógrafo) la silueta de una ciudad remota, y hay por fin unas obras que surcan el espacio, resueltas con varas arqueadas que ondulan en el aire y apenas parecen posarse en el suelo luego de trazar algunas curvas, como si ese movimiento fuera trazado por el pincel de un pintor, el lápiz de un dibujante o la veloz lámpara de mano de un iluminador.
Esas varas, que permiten recordar las soluciones casi aéreas del norteamericano Puryear o quizás alguna etapa de Nelson Ramos, tienen una levedad y una elegancia que denotan el camino de despojamiento que recorre en los mejores casos la madurez de un creador.