Una lista negra, realmente. En el primer fin de semana del año hubo diez muertos en accidentes de tránsito, de acuerdo al siguiente calendario: viernes 31 de diciembre, tres fallecimientos (en Piriápolis, Montevideo y Treinta y Tres); sábado 1º de enero, otros tres (en Punta del Este, Canelones y Maldonado); domingo 2 de enero, dos más (en San José); lunes 3 de enero, otros dos (en Tacuarembó). Al margen de esos casos fatales -a los que cabe agregar tres muertes más el viernes 7- surge una lista impresionante de heridos de variada gravedad, tanto en rutas como en calles, superando todas las previsiones de carácter policial o sanitario y provocando la alarma de las autoridades municipales y hospitalarias en unos cuantos departamentos del país.
Tenía razón un jerarca de Policía Caminera cuando señaló que ese desastre del tránsito configura un problema cultural vinculado a comportamientos irresponsables de los conductores, cuestión que exige una mayor "educación y fiscalización". Directivos de algunos hospitales del interior -cuya capacidad de atención se ha visto desbordada por el aluvión de accidentados- han apelado a las Intendencias para que apliquen con más rigor las normas de circulación, entre las cuales figura el uso obligatorio del casco para motociclistas, una medida con cuya inobservancia algunas localidades son indulgentes. Pero entre las causas de choques fatales debe contabilizarse a quienes manejan alcoholizados, a quienes lo hacen por encima de los límites de velocidad y a quienes corren "picadas" casi suicidas. Hay de todo en ese cuadro desolador.
Basta con circular por calles de Montevideo en un día cualquiera, para comprobar las imprudencias, torpezas e irregularidades en que suelen incurrir los conductores, ya sea sobre dos o sobre cuatro ruedas. Poca gente repara en las señales de tránsito, casi nadie respeta la prioridad de quien aparece por la derecha en un cruce, algunos ni siquiera obedecen a la luz roja de los semáforos y ciertas categorías (motos, bicicletas, carros hurgadores) marchan despreocupadamente a contramano. Los uruguayos que hayan manejado un auto en el exterior -Europa o Estados Unidos, por ejemplo- conocen lo que es un tránsito ordenado, donde los conductores responden a todas las señales y al derecho de paso que asiste a quienes circulan a su alrededor. Pero esa conducta no es un hecho aislado ni casual.
Forma parte en cambio de todo un catálogo de comportamiento propio de una sociedad debidamente educada, es decir lo que merece llamarse una población culta, consciente de sus derechos pero también de sus obligaciones, cuyas actitudes en el tránsito reflejan lo que son sus reacciones en cualquier otro aspecto de la convivencia. Las sociedades más anárquicas se traslucen en la indisciplina (a veces criminal) que a menudo muestran en su descuido muchos conductores uruguayos y unos cuantos visitantes de países vecinos que veranean por aquí. Como rasgo propio de su incultura y su precaria foja de conducta, les disgusta que les hagan observaciones o que los sancionen, ante lo cual pueden responder violentamente o insubordinarse ante la autoridad. Estaba en lo cierto aquel comisario que calificó a los accidentes mortales y a su frecuencia como un problema cultural, porque exige un estudio profundo para descubrir que forma parte de todo un arco de ignorancias, agresividades y rebeldías impropias de un adecuado ejercicio de la ciudadanía y un razonable desempeño de los derechos de cada uno, que terminan donde empiezan los derechos de los demás, en el punto en que debe imponerse el respeto por el prójimo y la noción de que la vida ajena vale tanto como la propia.
Del horroroso saldo de Año Nuevo surge la necesidad de educar a los numerosos incapaces e indómitos que andan sueltos por rutas y calles, para que en algún momento adquieran conciencia de lo que es un marco civilizado en el que todos podamos sobrevivir.