Los días feriados de este período de fiestas tradicionales parecen haber pillado por sorpresa a la intendencia capitalina. Sus responsables argumentan que la ciudad está sucia porque aumentó el consumo, porque la gente no guardó los envoltorios de los regalos, porque los comerciantes desbordaron de basura los contenedores y por otras ingratas situaciones.
Si el estado de la ciudad fuera menos deplorable estas excusas darían para reírse. Si bien este es el primer fin de año para la intendenta Ana Olivera, los equipos técnicos del municipio pudieron advertirle que esta época suele ser pródiga en generación de basura como lo sabe hasta el más despistado.
En todo el mundo en días así se toman previsiones para evitar que se registre este desastre de una capital ganada por la cochambre cuando comienza la estación turística y debe exhibirse con sus mejores galas. La intendenta y sus asesores deberían calibrar el ridículo que hacen al denunciar a los demás por sus propias omisiones, en particular de la falta de planificación en un sector tan sensible como el de la limpieza, de triste notoriedad en las últimas semanas. Carece de lógica señalar a los comerciantes como responsables de la mugre que bordea a los contenedores o criticar a los ciudadanos porque no guardaron los papeles de envolver los regalos.
Si bien hay un déficit cultural en los particulares que no cuidan su ciudad, hacer campañas educativas y tomar las medidas preventivas del caso son obligaciones de la intendencia. Esa debería ser la actitud de quienes conducen la comuna salvo que su verdadera receta sea recurrir otra vez al centenar de soldados que en 48 horas terminaron con 400 toneladas de basura.